¡Condenadas cosas!

Me levanto rodeada de cosas, hay cosas por doquier. Mi cuarto es una confusión de cosas de las cuales al menos dos tercios sé innecesarias. Para llegar temprano a cualquier lugar tengo que recoger parte de esos innecesarios dos tercios… siempre llego tarde y en el transcurso del día constato que cargué con muchas cosas que no me hacen maldita falta. No me hace ninguna falta el móvil sin crédito, tirar timbres de cortesía es una cortesía absurda y de todas formas las personas que suelen llamar son siempre las mismas, ¿y la gente que quiero que no tiene móvil… la quiero menos porque no tenga cómo tirarles un puto timbre? ¿Para qué quiero el móvil? La carpeta llena de papeles no necesita la mitad de los papeles, muchos ya ni sirven para nada, debería botarlos. No sé para qué cargo con un peine, si me recojo el pelo tan apretado que no se me sale ni una pelusa que haya que disciplinar. Ni para qué el maquillaje, si solo me maquillo una vez al día, antes de salir a la calle, y a veces ni eso. No sé para qué tres memorias, si de todas formas el riesgo de contaminarlas es tan grande que a veces ni las uso. Para qué una agenda, si no anoto nada; para qué… y si se me pierde una sola cosa, caigo en una depresión histérico-psicótica que me deja desbaratada por semanas.

Miren mi equipaje de calle: móvil, cargador del móvil, tres memorias flash, en sus respectivas cajitas, claro; dos peines, dos pintalabios, un lápiz de cejas, un delineador, un rizapestañas, una tijerita plegable, una toalla, un pañuelo, un blúmer de emergencia, dos almohadillas sanitarias, un rollito de papel sanitario; tres bolígrafos, una agenda, una carpeta repleta de papeles, un monedero, una billetera… y mil cosas más, ese es un resumen de día normal. Todo eso dentro de una cartera que por sí sola pesa, y que a las doce del día me hala el hombro hasta el piso.

Las condenadas cosas, el kípel, como le decía Philip K. Dick en “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”, ancla nuestra vida, nos hace lentos, vanos, torpes y blandos. Nos pesa botar, todo tiene uso, cada cosa está cargada de subjetividad y utilidades confusas. Tu casa es un reguero (o un “ordeno”) de cosas que no tienen utilidad inmediata y por eso puede ser que no la tengan nunca. Y cuando se hacen viejas o se rompen, si tenemos la suerte de ser tipos que no conservan basura, las botamos y compramos otras que las sustituyan, y si no tenemos suerte de contar con dos dedos de frente, entonces compramos otras iguales que las sustituyan y guardamos las rotas para que sirvan de recuerdo. Kípel que me hace perder la guagua cuando corro detrás de ella y se me cae la cartera; que me obliga a virar a la casa para recoger una cosa inútil que olvidé y que no disparará un chícharo en todo el día, ni siquiera por la consideración de que viré a buscarla; que me hace tropezar cuando estoy limpiando o caminando; que me cae en la cabeza o me pilla los dedos. Cosas en las que gasto dinero que después no tengo para comprar otras cosas.

Las pertenencias de una familia inuit se recogen todas en un trineo, y si hay que salir a escape, ni trineo, solo los perros, las personas de la familia y los abrigos. Punto. Los tuaregs igual, toda una familia tuareg puede empaquetar su vida sobre un camello. Los celtas recogían su vida en dos fardos, si había que abandonarlos, pues, lo más importante eran los adornos, las armas y un caldero. Todo sin la esclavitud de las condenadas cosas.

“Me tengo que comprar otro par de zapatos ¿crees que unas botas tejanas blancas me quedarían bien?”; “Este móvil no tiene bluetooth, tengo que comprarme otro”; “Hay que cambiar la batidora”, “Hay que comprar… tengo que comprar… si no compro…” ¿SI NO COMPRAS QUÉ??? ¿TE MUERES? ¿TE BOTAN DE LA ESCUELA? ¿TE SACAN DEL TRABAJO? ¿TE DEJA TU PAREJA? ¿TE ENFERMAS DE CÁNCER?

Si desaparece la especie humana, y dentro de muchos siglos vienen visitantes alienígenas, podrán estudiar nuestra civilización por las ingentes cantidades de basura que hemos dejado. Cada pareja con la que terminamos deja nuestra casa repleta de sus rastros y nos metemos un siglo antes de poder traer a nadie más sin correr el riesgo de que de pronto, de abajo de una cama, aparezca un calzoncillo del ex. De cada lugar de donde nos vamos, a donde llegamos con una mochila de nada, nos vamos con dos mochilas, una caja y un maletín… y tenemos que volver a por más. Cada vez que vamos a un lugar, cargamos con tanto que no disfrutamos el viaje controlando los cerros de bultos, el camión con vikingo de porquería que tenemos que cargar para creernos que vamos seguros, que todo está bajo control.

Siempre las cosas, cosas rotas, cosa nuevas, cosas viejas, cosas inútiles, cosas usables y desechables, cosas que nos duran un suspiro como juguetes y enseguida dejamos en un rincón para coger otras cosas. Cosas que enseñamos “mira mi cafetera nueva”; “te gustan mis zapatos?”, “este móvil es lo último!”… que envidiamos… que pedimos, compramos, prestamos… Condenadas cosas!

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