Cara de cuchilla

Los niños te enseñan… mientras tú enseñas ellos te enseñan. Y es mejor así, porque cuando “crees enseñar” sin aprender no aprendes nada y no enseñas nada. A mí me gusta que los alumnos me enseñen. Promuevo que quieran hacerlo y si no tienen intención de hacerlo, les pregunto, les pido “enséñame a…”

Así aprendí a hacer algunos modelos particularmente complicados de aviones de papel. Aprendí a mezclar maní con leche y capulí con miel, a cortar hojas en forma de pecesito y otras muchas cosas que los niños saben y solo las enseñan a otros niños porque los adultos no mostramos el menor interés en aprender.

Tuve la suerte de tener buenos maestros, pero uno de los mejores fue Aparicio.

Aparicio me enseñó muchas cosas, la más interesante fue… a ponerme cuchillas en la boca. La técnica la aprendió de sus tíos maternos, una partida muy folclórica, itinerante, malhablada y delictuosa de machos centrohabaneros que se tomaron muy en serio la labor de educar a sus sobrinos, ahijados e hijos en la subcultura machista procarcelaria.

“Abres la boca así” decía y me mostraba “te abres aquí” metía un dedo en la comisura de la boca y halaba hacia afuera mostrando la parte interior de la mejilla “luego metes la cuchilla aquí con cuidado, que te cortas to’ la boca si lo haces a lo loco” Entonces en silencio hacía la misma operación por el otro lado y ya tenías un niño armado… con palitos de madera, que con cuchillas no iba a dejar que me hiciera la demostración, por supuesto.

“No te puedes reir” advertía “ni hablar muuuuucho, ni muy alto. No puedes hacer muecas, tienes que estar así” y ponía una expresión seca, seria, dura, nada infantil “porque si te pones a payasear, te cortas to’a la boca”

Practiqué delante de él, yo sí con las cuchillas… el pacto era que si yo era capaz de hacerlo, él se aplicaría mejor y no volvería a hacerlo “Nunca más, Aparicio” “Nunca, profe” y me miré en el espejo luego de armar mi boca.

-¿Qué parezco?- le pregunté tratando de lucir seca, seria, dura y nada infantil, y sin abrir mucho la boca ni hacer todas las muecas que hago al hablar.

– De cartón – respondió, confirmando que no había nacido yo para guardar cuchillas en la boca y que lucía todo menos natural – Si te coge la fiana se da cuenta.-

Le pregunté entonces qué clase de cara había que tener. Lo pensó un rato poniéndose la mano en la barbilla y mirándome pícaro. De pronto la musa le saltó encima e inventó el nombre de la expresión.

– De cuchilla, profe, pon CARA DE CUCHILLA.-

Aparicio fue diagnosticado de “superado” en su escuela, gracias al trabajo de mucha gente. Pasó al sistema de enseñanza general primaria saliendo exitosamente de la escuela para niños con trastornos de la conducta. No sé si logró liberarse de las cadenas de la desventaja social que le marcaban para un mal futuro. Quisiera creer que sí.

Debe tener ahora 19 años, me enseñó a ponerme cuchillas en la boca y a poner “cara de cuchilla” para lucir convincente. No lo aprendí porque fuera a usar la habilidad para algo, sino para que él me permitiera enseñarle otras cosas que iban a serle más útiles y para alejarlo un poco de lo que le enseñaban sus tíos los ruiseñores bandidos de Centro Habana.

Los niños aprenden y enseñan. Cuando aprenden se convierten en tus maestros. Todos recordamos a nuestros mejores maestros. Recuerdo a Aparicio, alumno y un poco maestro, y me pregunto dónde estará mi pequeño “cara de cuchilla”

Orden y concierto

Soy un desastre… sí, soy un desastre, si creen imposible un pote de sal en el refrigerador, encontrar un par de espejuelos dentro de la olla arrocera, dos blúmers bajo la cama (y encima limpios!!!) zapatos bajo el sofá, libros sobre el televisor, discos debajo de la almohada, un celular bien escondido detrás de un cojín (en silencio, para que no lo encuentres ni siquiera recurriendo al expediente de llamarte a ti mismo) un niño de 1,25 metros de estatura perdido en la casa, un plato de comida olvidado sobre una mesa (“¿dónde está mi comida? ¡se comieron mi comida!”)… todo eso es posible cuando hablamos de mí. No todo junto, por supuesto, ni siempre, pero empiezo por aquí para recordarles que dentro de mi perfil faltaba “si buscan reguero en google, aparecerá mi foto”, y que no obstante animarme a escribir esto, no soy una quisquilla obsesiva con el orden.

Pero sí es innegable que algo de orden, concierto y algoritmo hay que tener en la vida. Se puede ser un desastre, pero no en todo ni siempre, es una de esas cosas en que es mejor la media tinta si no logras ser obsesivamente ordenad, pero nunca el opuesto total.

En jodedera comentaba una vez con unos amigos que si tu cuarto es un total lío, puedes tener sentado frente a ti un potencial problema, y no verlo porque está camuflado en el desorden general como parte del paisaje, y eso es bien peligroso: no hay nada como un tigre en la jungla, si la jungla es tu vida, prepárate, que sin remedio hay tigres y tú, perdido entre tanto materío y fango y troncos caídos y lianas y monos balanceándose y tirándote cáscaras de platanito, sacudiendo mosquitos, protestando por churre, falta de agua y de café, no verás al rayado llegar a morderte el culo.

No digo que escojamos despoblar completamente la jungla, cortar los árboles, quemar la arecas, arrancar la lianas, matar a los monos y a los tigres, cementar el piso, poner reflectores, fumigar y dejar todo aséptico, cuadrado y de color pastel, pero en la vida, en el tiempo, el espacio, el cuarto, la cocina, las relaciones, el taller y la oficina, al menos debes tener refugios seguros y medianamente predecibles donde descansar del desorden necesario (el necesario, ojo).

Refugios que se consiguen solo limpiando, ordenando, acomodando el tiempo y los objetos. Me gustan los tigres, sin embargo no me agrada que me cojan desprevenida y no soporto que me descuarticen, limpiar después del desastre con las tripas arrastrando es muy incómodo, todo el mundo lo encuentra asqueroso y quienes se ofrecen voluntarios para ayudar a recoger, limpiar, recolocar las tripas, armarme de nuevo y echarme a funcionar, después me lo cobran con creces por el resto de nuestra amistad.

Puedo jugar con fango, pero no quiero estar de fango hasta los dientes todo el día, todos los días de mi vida. Los mosquitos no me perturban mientras no hagan nube y las lianas son para columpiarse en ellas, no para que me hagan tropezar. Las medias van en la gaveta, los platos, fregados, en el estante, los pomos de agua, en el refrigerador, se come a horas fijas o al menos todos juntos para evitar el chorreo gota a gota de platos que fregar, los blúmers sucios van en el cesto de ropa sucia, los libros en el librero o debajo de la almohada y el pecesito… el pez… ¿dónde está el pez? ¿VEN? ¿NO LO DECÍA YO?: ¡LO DEJÉ REGADO FUERA DE SU PECERA Y SE ESCAPÓ!

Afuera!!!

Yo salí de Cuba, por unos días, unos días, no más. Era mi primera vez y entre una cosa y otra tuve unas 72 horas de soledad relativa para pensármelo todo, para recorrer todo el camino hasta llegar allí. Tuve la pésima inspiración de cargar entre mi música para escuchar con la pieza “Arenas de soledad”. Fue una elección fatal, en su momento cuando la cinta “Habana Blues” salió nos golpeó a muchos de mi generación como una patada en el plexo solar, nos dejó sin aire y con los ojos hechos agua, porque nos enfrentó con el hecho de que una parte de la Cuba de nuestra edad goteaba sin remedio hacia afuera, gravitando a otros países y dejándonos a los que nos quedamos con la obligación casi de congelar todos sus recuerdos para cuando ellos vinieran de visita los fines de año.
Más de una vez me he sentido tentada de olvidarme de los correos que llegan de todo el mundo y no leer ni uno más, ganas de olvidarme de los que están en Europa, de los que brincaron hacia Estados Unidos, de los que se derramaron por toda Latinoamérica y hasta de la única que se atrevió a hacer su residencia en Japón. Es como si se hubieran ido a otro universo y no pudiera seguirlos.
Todos tienen vidas muy diferentes a las que hubieran llevado en Cuba, muy diferentes. Hubo quien se aventuró a tener hijos cuando juraba y perjuraba que no iba a parir para nadie. Hay una, ordenada, previsora y tremendamente predecible en Cuba, que en Francia se dedica a trabajar como una bestia durante seis meses al año y con lo que gana se dedica otros seis meses a haraganear en lugares baratos, sin guardarse nada para después. Hay quien era ejemplo de haraganería y negligencia, que se ha vuelto modelo de laboriosidad y pulcritud. Hay quien se casó con alguien que le doblaba la edad; quien salió del closet no más cruzó la puerta de inmigración; quien se volvió la persona más estable, inexplicablemente porque, cuando era ciudadana de la República de Cuba, era un ejemplo de neurosis. Siguen siendo las mismas, los mismos, pero ya no son ellos.
Tenemos un hueco inmenso entre nosotros y no es la distancia, es el hecho de que en esa otra realidad completamente distinta a esa de donde proceden, ellos continuaron creciendo y crecieron en otra dirección, y yo no estuve ahí para verlo. Ellos no me vieron, yo no los vi a ellos, por tanto, ya no nos conocemos mucho y tenemos muy pocas oportunidades de volvernos a conocer. Estamos como en dimensiones paralelas. No es que quiera volver el tiempo atrás, pero la verdad es que a veces los extraño mucho. Tengo un gran resentimiento por el hecho de que se hayan ido, no con ellos, sino con lo que los hizo irse. No me envanezco ni me siento más patriota por haberme quedado, simplemente no me fui y ellos sí se fueron. Las raíces no están en la tierra, sino en la gente, la patria puede ser la historia, la cultura, pero la patria también es la gente, es tu gente, la que ha formado parte de tu vida, y si la gente se va… muchos terminan por pensar “¿para qué quedarse?”

Piel propia, piel ajena, derecho a mi piel

Me miro las piernas como si fueran asquerosas patas de cucaracha, “necesitan cera” gruño, y acaricio con una mezcla de desconsuelo y rabia la piel erizada de cañones negros. Soy demasiado mediterránea, no tengo la culpa de eso: después de haberme afeitado las piernas la noche antes, a las doce del día de esta jornada en cuestión ya la sombra azulosa me cubre y mi cara está verde de frustración. Los profesionales del asunto sugieren usar cremas depiladoras y no abusar de las cuchillas por delicadas que sean: mi piel es una piel complicada y nadie lo sabe mejor que yo, que llevo casi 35 años dentro de ella.
Pero sigue el asunto de a quien culpar. Está de moda acusar a la sociedad de consumo que ha implantado el modelo de una mujer correctamente depilada, con una piel de muñeca, impoluta, limpia y sin la menor imperfección. Sí, definitivamente, la culpa es de la sociedad de consumo que nos obliga a todas a intentar parecer de plástico. Sin embargo, ya sea un gusto adquirido o una imposición de la moda, me gusta sentirme sin vellos. Lo siento mucho, defensoras del derecho de las mujeres a no depilarse: no me gusta sentirme velluda. En Cuba hace un calor sofocante, mi piel es muy grasa, soy excesivamente blanca y:
1- Es una tortura andar siempre en pantalones
2- La suciedad de la calle mezclada con mi sudor convierte mis vellos en un espectáculo nada limpio
3- El contraste de vellos negros y piel de yogurt es atractivo en una proporción cercana a cero y no de cero a uno, sino de menos 10 a cero.
No, si la pregunta es esa la respuesta es no: no me siento nada traidora a la causa de la libre elección femenina. Si por ser feminista definimos luchar por la igualdad y respeto entre sexos, pues soy feminista, pero no marcharé tras el cartel de las que reivindican el derecho a no depilarse, solo como comisión de apoyo, pero no como practicante de dicha reivindicación.
La culpa por negarnos a presentar una piel imposiblemente lisa parece también, en parte, de la sociedad de consumo, de la moda, de las modelos y hasta de los fotógrafos. Como suele pasar con todas las rebeldías nacidas de imposiciones, cuando a un niño le obligamos a tocar el piano, termina arañando la madera y cortando las cuerdas si tiene valor suficiente para hacerlo. Lo que prima entonces son los arrestos propios “no me voy a depilar porque no me da la gana”.
Y no es que confunda la tendencia con una respuesta de rebeldía estéril, sí es molesto depilarse. Exige una disciplina y una fuerza de voluntad dignas de mejores causas. Cuando hace mucho frío es una tortura. Al empezar a crecer el vello se siente una incomodísima picazón. A veces la piel se irrita y los poros se infectan, aparecen granos y es peor el remedio que la enfermedad.
¿Depilar o no depilar? Ese es el dilema, y ahora el campo se divide entre las que se depilan puntualmente y muestran al mundo piernas, axilas, rostros y pubis como superficies lisas, y las que no se depilan y levantan casi como bandera la negativa a someterse a ceras, cremas y navajas mostrando piernas peludas y axilas frondosas.
¿Y las que estamos en el medio qué? ¿O es que en esta batalla singular entre la moda y la no-moda es obligatorio tomar partido? ¿Y si me niego a tomar partido?
Me opongo a las militancias y es una resistencia que transversaliza todo en mi vida, podría decirse que mi única militancia es la no-militancia y la exigencia a que se respeten los derechos de todos, incluso a no depilarse si no les place.
A mí me gusta estar depilada, por lo menos piernas y axilas. Y a veces, cuando estoy perezosa o hace frío, no lo hago con tanta regularidad, pero sí cubro los vellos porque no me agrada que se vean. ¡Ah! Y no tengo problemas con la piel lisa o velluda de nadie. Pregunto ¿Sentirá alguien que soy traidora porque yo no vaya a un lado o al otro?

Juegos Limpios del Futuro

A Carlos Batista, que esperaba pacientemente
por mí cuando me enredaba en el kimono,
torpe que siempre fui, y detenía la clase
por el récord nunca antes permitido de diez minutos
tratando de no ahogarme con la chaqueta…
de su peor alumna

(XII Encuentro Internacional de Corresponsales Deportivos
Panel “Deporte y tecnología o el Post-olimpismo: Juegos del Futuro”
Intervención especial de Ike Severn
Agosto- 30 – 2068 /5:00 pm )

Saludos a todos en esta sofocante tarde. Agradezco de antemano que me escuchen. Divagaré un poco porque, aunque no lo parezca gracias a mi esposa que me cuida con mucho esmero, tengo cerca de noventa años y los viejos estamos habituados a divagar (risas)
Aún compartimos la emoción por el cierre de las Olimpiadas, en una clausura espectacular que reflejó en todo su esplendor la preparación exquisita del país sede. Siempre me entristecen las clausuras. Es como si cerraran un ciclo vital y luego de ellas nada volviera a ser lo mismo. Tantos campeones, tantos éxitos y los pebeteros apagándose hasta la próxima ocasión. La tensión, el récord, la victoria o la derrota. Todo tan dulce, tan vivo, tan… joven, si me permiten el sentimentalismo. Cubrir las olimpiadas es un privilegio que agradezco poder vivir cada cuatro años.
No fue nada fácil que me lo permitieran. El hecho de que aceptara hace dieciséis años cubrir también los Juegos del Futuro levantó algunas ronchas entre los miembros de la organización internacional “Juegos Limpios”… con el mayor respeto a los que sé están en este auditorio, e hicieron lo posible y lo imposible por sacarme del carril. Pero mi historial es impecable y, lo digo con humildad, mi prestigio compite de modo justo con el de los más reputados corresponsales deportivos del mundo. Como periodista siempre he sido todo lo imparcial y fiable que se puede ser y apoyo las ideas puras de la organización. Sin ser miembro de ella, he sido uno de sus más leales defensores, aún en el campo de los partidarios del juego “sucio”, que yo no llamaría sucio porque se ha ganado merecido respeto como modalidad de práctica y competencia.
Gracias a esa reputación mis buenos amigos de Juegos Limpios no se salieron con la suya y estoy aquí con ustedes, o si no, creo que hubiera tenido que obedecer de una vez a mi esposa en el asunto de la jubilación definitiva, irme a casa y dedicarme a tiempo completo a mis begonias. (risas)
Sin embargo mi esposa, cirujana de profesión, y mi hijo, programador de sistemas acelerados en BioNervix, además de otros colegas y amigos, me han hecho ver que algo de razón tienen los que abogan por mejorar los rendimientos y hacer saltar al siguiente nivel el deporte y el desarrollo humano. (aplausos) Sobre todo después de las declaraciones hechas en la segunda década del siglo por destacados biomédicos acerca de que el límite humano sería alcanzado hoy, en estos cinco años.
Cierto que no hay razón alguna en el uso clandestino de tales mejoras, las trampas nunca serán aceptables, pero por eso precisamente se crearon los Juegos del Futuro, para que todos trampeen como quieran… o como quieran no, con ciertas reglas, que las trampas también tienen sus reglas. (risas)
La comercialización y mercantilismo desatados que contaminaron la pureza del espíritu deportivo fueron enfermando a las disciplinas deportivas que practicaba la Humanidad de deshonestidad, falta de previsión e irrespeto al riesgo. Y en la competencia honorable del hombre contra sí mismo se dejó de ser honorable, honesto y prudente. Una medalla o un récord empezaron a significar dinero, dinero y seguridad ¿cómo no iba un joven de estos tiempos complejos y llenos de competitividad e incertidumbre a dejarse tentar, aún a costa de su salud y el respeto que a sí mismo se debía, por un éxito cada vez más elusivo, conseguido por medios ilegales? No justifico la deshonestidad, pero reconozco que no tener nunca éxito o dejar de ser exitoso y con ello perder la seguridad económica, la autoestima y hasta la vida, son razones muy fuertes para dejarse tentar. Somos muy imperfectos y el espíritu del deporte limpio, como todos los manes antiguos de la Humanidad, es un ideal muy elevado que no todos podemos sostener.
En algún momento de la historia deportiva la química dejó de ser la única forma de trampear, además, con todas esas estrellas cayendo muertas en plena competencia o juego… justo es decir que se excedieron un poco experimentando y media humanidad musculada empezó a asustarse. También los ánimos se caldearon con los implantes quirúrgicos y los métodos de entrenamiento no ortodoxos, sin hablar de implementos mejorados nanotecnológicamente como zapatos, uniformes y cápsulas de control fisiológico. Ya era demasiado, colegas, se imponía un cambio y era urgente. (murmullos de aprobación)
No creo que las leyes se hagan para ser contravenidas, pero introducir excepciones y especificaciones que eviten la ambigüedad o la rigidez ayuda a que violarlas no sea tan sencillo. La ley es un instrumento muy imperfecto de la justicia, siempre factible de mejoras, y las mejoras no son casi nunca para recrudecerla. He ahí que surgiera la concepción del Deporte Mejorado, una torcedura cuidadosa e inteligente de la ley, que establecía cláusulas muy estrictas acerca de cuándo, dónde y cómo trampear, hasta que la trampa se convirtiera en simple práctica, en ciencia, arte y, por qué no, en ley a su vez.
Sabemos que el deporte mejorado, con su orgullosa divisa de “Homo Excelsior”, nos parece a algunos demasiado revolucionario. Tal vez somos algo anticuados. Por eso no me asombra que muchos de los periodistas, médicos y técnicos que son ahora mis colegas en estas lides sean muy jóvenes, ojalá algo de esa juventud se me contagiara, ya sabemos que no nos hacemos precisamente jóvenes (ovación en el ala de la derecha, el conferencista espera el silencio)
Gracias, jóvenes, pero si a estas horas todavía tienen fuerzas para aplaudir durante cinco minutos tal vez deberíamos hacerles un control antidoping, que todavía en el ejercicio del periodismo la única droga permitida es el café. (risas, otra ovación)
Esta modalidad de práctica deportiva, con sus regulaciones, patrocinios y tendencias ha controlado en cierta medida la deshonestidad en el deporte, sin que el argumento del éxodo de deportistas en detrimento de los llamados Juegos Limpios con que nos amenazaron se cumpliera. Aún hay muchos deportistas y entrenadores que abogan por el entrenamiento natural y considero, a la luz de los análisis hechos por especialistas internacionales, que las fuerzas están equilibradas: no hay más deportistas “mejorados” que deportistas “ecológicos” y la colaboración establecida entre las organizaciones, clubes y patrocinadores para controlar ambas modalidades garantiza una distinción bien definida.
Han sido veintidós años de reestructuración y estudio. La ciencia ha asaltado con su acostumbrada valentía los campos y salas de entrenamiento, convirtiendo atletas en dioses, diseñando implementos especiales, remodelando sus cuerpos y mentes hasta hacerlos capaces de hazañas imposibles. Las investigaciones avalan cada resultado y el salto alto de 4,89 de un atleta miembro de Juegos Limpios se transforma en el vuelo de 7,80 de un atleta mejorado en el evento de atletismo en Juegos del Futuro. “Homo Excelsior”, más que una divisa, se revela como una realidad, un punto de giro en la evolución del deporte y del hombre mismo.
Para los que plantean que es una aberración, entre ellos autoridades eclesiásticas, les recuerdo que la estatura media del hombre del medioevo europeo era de 1,60 metros, posiblemente un hombre medieval se sentiría aterrado ante los gigantes de seis pies y siete pulgadas que jugaban en las antiguas ligas de básquetbol… tal vez deseen que retornemos a las condiciones de vida que determinaban una estatura menor y una esperanza de vida inferior. (aplausos)
Claro que hay límites, impuestos sobre todo en aras de hacer justa la competencia y de cuidar la salud del atleta. De ahí que aunque el deportista y su equipo de entrenamiento tengan la prerrogativa de mantener en secreto qué métodos de extensión y mejora se emplean, sea obligatorio declararlos con dos semanas de antelación para que los especialistas establezcan las condiciones de competencia y las paridades entre deportistas, o denieguen la participación. También que se patente cada método antes de implementarlo, que se analice la seguridad del mismo y que se personalice adecuadamente a las peculiaridades individuales del deportista antes de someterlo a la mejora. Aquí la ciencia deportiva se ha lucido, enriquecida por el estudio de la nanotecnología, la bioquímica, la medicina, la ingeniería genética y hasta la bioarquitectura.
Sin embargo, la legislación no es inflexible, debe evolucionar a la par que el fenómeno, y la misma modificación introducida para dar a luz los Juegos del Futuro debe ser analizada según el contexto histórico y los cambios que se producen en la ciencia y la visión de los hombres, para garantizar, aún en toda la variedad y sofisticación del deporte mejorado, la debida limpieza. (murmullos) Y los métodos diagnósticos deben asimismo perfeccionarse y generalizarse con el fin de establecer un control más estricto de la práctica deportiva mejorada y la ecológica.
Hace cuatro años, fuimos testigos del “Incidente Włócznia”, los detalles del hecho son harto conocidos. Solo debo apuntar que debe ponerse coto a ciertas tendencias de las cuales nos advirtió este triste caso. La muerte de la atleta Steffana Włócznia, miembro reconocido de la organización internacional “Juegos Limpios”, que en el análisis postmortem reveló haber sido un producto eugenético cuyo ADN fue manipulado convirtiéndola en un ser hecho para alcanzar velocidades imposibles y con ello exponerse a morir prematuramente, nos alerta tanto de la necesidad de controlar mejor la condición de los atletas ecológicos como del peligro de ir más allá. “Homo excelsior” significa ir más allá, pero no tan allá que perdamos nuestra humanidad o arriesguemos la vida. (aplausos)
También debe introducirse alguna legislación en pro y a favor del respeto a la vida y la dignidad de los atletas. He sabido de algunos deportistas que permanecen en estados suspendidos de conciencia, sometidos a mejoras drásticas durante largos períodos entre competencias, prácticamente como animales en hibernación que emergen a la realidad única y exclusivamente para competir, en una modalidad de cuasi-esclavitud que considero denigrante aún para los que se han acogido a este tipo de contrato especial. Y algunas de las mejorías, hasta las más estudiadas para evitar daños permanentes en el organismo, se han revelado luego de años de aplicación como la causa de padecimientos crónicos o mortales, eso sin hablar del tema de las prácticas ilegales de mejora y extensión, de la liberación de algunos de estos procedimientos a la población y de los usos que se hagan de estas extensiones.
Son muchos los retos que nos plantea el deporte mejorado, y no debemos ser ingenuos creyendo que resolvimos con su implementación el problema de la honestidad y limpieza de la práctica deportiva. Nos queda un largo camino por andar, el deporte mejorado legal es joven aún y su historia apenas comienza.
Gracias de nuevo por la atención, nos vemos el 31 de agosto, en la inauguración de la tercera edición de Juegos del Futuro, y buenas tardes a todos (ovación en pie)

Mis gatos

Muchos de mis amigos hablan de sus mascotas. Tienen perros, gatos, hámsters, cotorras y hay uno, solitario y huraño, que tiene un majá de Santamaría.
Yo tuve dos perras en toda mi vida y aunque dan tema para una novela, me pone un poco triste hablar de ellas. También tuve una cotorra que me dejó de recuerdo un surco casi invisible junto a la uña del dedo medio derecho… tampoco quiero hablar de ella. Tuve peceras con un promedio de ciento sesenta peces tropicales durante los años que ocuparon espacio en mi casa. Los peces son interesantes, particularmente los cardúmenes de barbos de Sumatra que coleccionaba mi papá. Pero tampoco va de peces esto.
Voy a hablar de los gatos que no tengo.
Los gatos que no tengo son dos. Se los presento: esa blanca grande de allá que levantó la cabeza un momento y volvió a enroscarse dándonos la espalda después de mirarnos, se llama Aqua. Y este negro que nos vigila desde el sofá, es Gato, a secas.
Es casi negro, excepto la punta de una pata trasera blanca, como si se hubiera olvidado una media puesta. Es tan tímido que no he podido ver bien de qué color tiene los ojos, los supongo verdes. Alguien quiso llamarle Orión, pero el gato es mío y le llamo como me dé la gana.
Cuando empezó a venir a casa no tenía nombre. Mientras se coló y anduvo invisible por los rincones sin dejarme saber qué animal viajaba trasnochando por los cuartos, callado como fantasma, se llamó “Eso”. Cuando al fin aceptó dejarse ver se convirtió en Gato, al fin.
Es torpe y ladrón, roba por hambre y rompe cosas por accidente. Le grito y se escurre hasta que se me pasa la rabia. Es entonces que recorro la casa llamándolo arrepentida, con lágrimas de remordimiento por haberle chillado, susurrando para que aparezca, prometiéndole comida, respeto, cariño. Cuando me considera suficientemente castigada, aparece y me mira de lejos, con cara de reproche. Nunca se acerca a mí excepto si estoy dormida y lo sé porque a veces encuentro pelos negros en la almohada, que no estaban cuando me acosté a dormir.
Aqua es blanca completa, sin mácula. Tiene un ojo azul y otro verde. Finge elegancia aunque todo el mundo sabe que antes de esterilizarla era una callejera buscapleitos, tanto que los vecinos la creían macho por lo agresiva y gruñona. Llegó a casa minúscula y sucia, prendida a mi pantalón, aullando como una descosida y negada de plano a soltar la tela. A golpe de mal genio se ganó entrar en la casa y quedarse. Al verse bajo techo retrajo las garritas y cayó exhausta en el piso, tan rendida que permitió sin chistar el baño, el secado y una ronda de manoseos. Cuando se despertó me prometió eterna fidelidad de gato caminando detrás de mí como un perrito durante toda la noche y durmiéndose sobre mis chancletas. Desde entonces no hay un par de zapatos al que no tenga que sacudirle montones de pelo blanco: Aqua, simbólicamente, duerme sobre mis pies.
Se dan la escandalosamente descarada vida de gato y a pesar de lo mucho que les envidio, me alegro por ellos, disfrutando su vagancia, sus siestas interminables y sus caprichos, esos mismos que yo no me puedo permitir.
Recojo cosas frágiles y las pongo en lugares seguros para que Gato no las rompa con su torpeza habitual, o las retiro y así evitamos accidentes. Le pongo comida abundante siempre en el mismo lugar para que olvide su manía de robarse los comestibles que encuentra mal colocados (incluso pepinos ¿han visto alguna vez un gato comiendo pepinos?) Dejo un zapato todos los días bajo la mesa, para Aqua, y nunca cierro la ventana para cuando regresa de sus excursiones. Creo que a su modo gatuno, me aman, como ningún animal me ha amado nunca.
Esos son mis gatos, los que no tengo, los que tal vez nunca tendré. No tengo donde tenerlos ni cómo, a mi madre no le gustan. Tendré que esperar. Algún día. Algún día…