Oponencia de lunes

Miro la tesis, la tesis me mira a mí, nos miramos con mala cara… las tesis y los oponentes nunca se han llevado muy bien. “Te prometo que si estás bien escrita, te trataré bien” advierto “Si me tratas mal, garantizo que la tutora de mi autor te romperá la cara en algún momento del futuro… o se ocupará de desbaratar la tesis del próximo tutorado que tenga la desdicha de caer en tus manos” “¿Ah, sí? ¿De modo que así va a ser?” “Por supuesto ¿qué te creías?: la objetividad académica es un mito, aquí lo que camina es la gandinga de la vaca sagrada tutora del aspirante”

Suspiro, intento sacar paciencia de donde no hay y me vuelvo hacia el autor, quien tiembla aterrado por la falta de respeto de su tesis. Casi me da lástima, que un tipo así de agradable haya sido capaz de escribir este bodrio petulante y me pregunto cuánto de la mala leche de la tutora se ha filtrado en la ofensiva memoria escrita. Vuelvo a mirarla y ella me devuelve un corte de ojos más insolente si cabe. Esta tesis se merece que la escache.

El autor echa mano de la última reservita de coraje y  se interpone entre la tesis y la oponente. “Calma” suplica “nadie tiene por qué salir herido” ambas lo miramos desde nuestro pedestal científico y el pobre se encoge “Piedad, por favor” suplica “es lunes y todavía tengo que inventar cómo imprimo cuatro tesis y seis resúmenes”

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El consuelo de la víspera de lunes

– Vamos, te invito a un… tú sabes.

–No, no sé.

–Que sí sabes, es redondo y achocolatado. Tiene forma de… – y remedo una especie de cosa redonda y esponjosa con las dos manos.

No me acuerdo cómo se llama (y si me acuerdo no lo voy a decir aquí, por supuesto, no quiero que me demanden por publicidad maliciosa) Se ha encarecido tanto que dejé de consolarme por el fin del domingo comprándolo. Así que se me olvidó el nombre. Pero el lunes que se viene lo intuimos tan malo (el lunes y el resto de la semana que viene detrás) que amerita un mimo de chocolate, aunque sea caro.

De modo que reviso mis menguadas reservas a ver si kilo sobre kilo llego a los dos CUC… Alcanza, podemos permitirnos un “túsabes” para cada uno y luego sufriremos a conciencia el lunes y el resto. Cerrando los ojos a futuras carencias ponemos nuestro montón de centavos sobre el mostrador y empezamos a señalar lo que queremos.

La vendedora se hace la tonta: quiere que le digamos con precisión. Me apena quedar definitivamente como una cliente inepta que ni sabe cómo se llama lo que quiere, pero echo mano de toda mi falta de compostura, y le suelto a bocajarro “ese mismo, el que hace dos meses costaba la mitad” miro a otro cliente potencial y levanto una ceja “llevo tanto tiempo sin comprarlo, de lo caro que se ha vuelto, que ya ni me acuerdo cómo se llama”

El lunes que se avecina amerita sacrificios.

Les parapluies de lunedi

Llueve desde las cinco de la mañana y todo el mundo está armado y en pie de guerra. Todos andan con objetos que emulan shinais, nodashis, bokkens. Y los esgrimen del mismo modo letal. Nadie guarda la mínima precaución de apuntar su arma al cielo o al suelo. Será que en este paraíso no hay demandas por sacarle un ojo accidentalmente a alguien.

No estás a salvo: cuando menos te lo esperas te clavan un paraguas en el riñón. Y lo que viene después, si es que viene, son una ripiosas disculpas por una agresión perfectamente evitable: perdóneme, no quise apuñalarla con mi sombrilla. Pero no se preocupe, alguien llamará una ambulancia y seguro que, excepto por ese pequeño hematoma color violeta carnaval y la posible hemorragia interna, usted está perfectamente. Tenga un buen día y no se moje

Te preguntas si es que el coeficiente intelectual colectivo tiende a descender el lunes, que hace a los que no quieren lloviznarse andar por ahí usando sus paraguas como armas de destrucción masiva. Están los que lo llevan bajo el brazo, a metódicos noventa grados con respecto al eje vertical de su cuerpo. Y los que lo portan en diagonal, apuntando al frente, justo al estómago del prójimo mediado o a la cara del prójimo bajito. Luego está quien hace molinetes con él.

Peguen el puto paraguas al cuerpo, apoyen la contera afilada al piso. Vamos, que es lunes y está lloviendo, traten de no empeorarlo más.

Rebelión frustrada de lunes

Llegas con tu estrujada cara de lunes y decides que no puedes más. Reclutas  tokkōtais por todas las oficinas, tan indignados y luneros como tú. Parecen estar todos de acuerdo contigo y dispuestos a llegar al final de tanta machucadera.

Forman un cuadro apretado y vociferante, armados de justa indignación por los pasillos de tu empresa. Corean consignas y agitan pancartas y banderitas rojas. Por cada recodo se suman más y más y no cabes en ti de tanto entusiasmo y asombro por descubrir tantas almas gemelas en la lucha por la justicia, el dulcecito del almuerzo, la limpieza de los baños y la organización racional y respetuosa de la fuerza de trabajo. Casi te sientes La Libertad guiando al pueblo en una ecpirosis de pura revolución: no dudas.

Subes las escaleras a saltos entre los vítores. Doblas por el conocido pasillo y te encuentras al fin frente a la odiada puerta de QUIENTEDIJE, donde tantas esperanzas y talentos despreciados han encontrado su fin. Tocas, lleno de sobrecogimiento por el silencio súbito que se ha hecho a tu alrededor. El jefe abre y te mira de arriba abajo con la mismita cara de lunes tuya, y pregunta “¿Qué quiere usted?”

Comienzas a responder a voz en grito “¡Vinimos a…!” entonces miras alrededor  y notas que te dejaron más solo que la una. Te inclinas, luneramente humilde, y susurras el resto de una oración que no planeaste “…a regalarle esta banderita, me dijeron que usted las colecciona”

Ruptura de domingo, lunes funesto

El lunes es funesto por definición, eso nadie lo discute. Pero si decidieron terminar contigo el domingo, el lunes amaneces cadáver y vas a andar zombi por el resto de la semana. Es un acto supremo de desconsideración terminar una relación el domingo. ¡El domingo no, carajo, que mañana es lunes! (¿no habíamos quedado en que el domingo, el de verdad, no podía pasar NADA malo?) ¡Espera al martes, o al lunes mismo!… o mejor, al jueves, así tengo el viernes para la autocompasión y el fin de semana para recuperarme.

Hay quien tiene la mala costumbre de botarte el domingo. Para que ni pienses en perdonar, eso no tiene disculpa no redención posible: la víspera del lunes es intocable. Si sobrevivir al día es complicado, luego de una ruptura, una muerte, una pérdida de dinero o la mordida de una rata, ya se convierte en un imposible. Los avisos de divorcio o separación el domingo deberían estar penalizados con la mayor severidad.

Así que no, no te quiere: te botó el domingo para fastidiarte el lunes. Tiene que haber sido deliberado. Una de dos. O fue una venganza por algo que hiciste y de lo que no te acuerdas… y debe haber sido muy malo. O te odia, o a lo mejor odia a tu mascota, quién sabe, y se desquita contigo.

En fin: el domingo no me botes. Ten piedad y espera a otro día, otro día cualquiera. Mira que mañana es lunes.

Lunes de gatos

Cuando digo “darse la vida de gato” es ni más ni menos que gastarse un día sin hacer nada, solo cosas pedestres para satisfacer tu ombligo. Comer, follar, dormir, ver películas, jugar… lo que los felinos hacen, con todo el respeto y sin despreciar el duro oficio de gato, tan sacrificado y emocionante.

La vida de gato hace descender en varias cifras tu coeficiente intelectual y la disponibilidad financiera (antes hay que comprar comida y prácticamente no haces nada para ganar dinero ni conocimientos) A cambio eleva el coeficiente de placer y el peso corporal. Se han reportado intoxicaciones severas con oxitocina y cambios radicales de carácter. Pero ojo, no se debe abusar: la vida de gato puede ser aburrida si no se dosifica adecuadamente. Alguna gente termina maullando.

Pero por desgracia los lunes y los gatos no riman: los lunes casi nunca son de gatos, más bien de perros. Por eso los lunes de gatos son tan memorables y escasos. Yo no recuerdo muchos lunes de esos en mi vida pero atesoro con nostalgia cada uno. Recuerdo cosas de esos lunes que se me borrarían de la cabeza nada más vivirlas si hubieran sido un martes o un viernes.

Si quiere ganarse la eterna amistad de cualquiera, la buena disposición de un jefe, la lealtad de un compañero de trabajo, el amor de la persona de sus sueños o el buen carácter de su suegra… el regalo de uno o varios lunes de gatos ayuda.

Primer turno un lunes

Los profesores universitarios que tienen clase los lunes a primer turno merecen ser condecorados en vida. El lunes nadie quiere ir a clase, ni los profesores ni los alumnos: en principio el lunes no debería haber clase.

Nadie llega temprano y todos los que llegan vienen con el indudable sello de un mal amanecer. Ese día el transporte público se luce más caótico y violento que el resto de la semana: las paradas habaneras a las seis de la mañana el lunes son una mala palabra. El sonido de la alarma matutina duele como una patada en la dentadura. El alumnado sonámbulo sale de su casa arrastrándose. Llegan a la parada predispuestos y como en una profecía autocumplida comienzan a hacer realidad sus peores premoniciones.

Luego desembarcan a medio turno en el aula, donde un profesor, marcado como todo el mundo por las cicatrices luneras, intenta arreglar el día. Si la asignatura es interesante y el profesor bueno, puede ser que logre algo, aunque el goteo de estudiantes tardíos haga interrumpir la conferencia con frecuentes “entre, por favor” o “llegó muy tarde, entre al otro turno”… o peor “estoy evaluando contenido, y usted no tiene nota porque llegó tarde”

Algunos profesores son comprensivos, porque saben que es lunes, otros ya vienen descompuestos precisamente porque es lunes. Castigar a los mejores profesores con el primer turno de ese día es una injusticia: deberíamos rifarlo entre mejores y peores. Así todos sufrimos equitativamente los primeros turnos del lunes.