Piel propia, piel ajena, derecho a mi piel

Me miro las piernas como si fueran asquerosas patas de cucaracha, “necesitan cera” gruño, y acaricio con una mezcla de desconsuelo y rabia la piel erizada de cañones negros. Soy demasiado mediterránea, no tengo la culpa de eso: después de haberme afeitado las piernas la noche antes, a las doce del día de esta jornada en cuestión ya la sombra azulosa me cubre y mi cara está verde de frustración. Los profesionales del asunto sugieren usar cremas depiladoras y no abusar de las cuchillas por delicadas que sean: mi piel es una piel complicada y nadie lo sabe mejor que yo, que llevo casi 35 años dentro de ella.
Pero sigue el asunto de a quien culpar. Está de moda acusar a la sociedad de consumo que ha implantado el modelo de una mujer correctamente depilada, con una piel de muñeca, impoluta, limpia y sin la menor imperfección. Sí, definitivamente, la culpa es de la sociedad de consumo que nos obliga a todas a intentar parecer de plástico. Sin embargo, ya sea un gusto adquirido o una imposición de la moda, me gusta sentirme sin vellos. Lo siento mucho, defensoras del derecho de las mujeres a no depilarse: no me gusta sentirme velluda. En Cuba hace un calor sofocante, mi piel es muy grasa, soy excesivamente blanca y:
1- Es una tortura andar siempre en pantalones
2- La suciedad de la calle mezclada con mi sudor convierte mis vellos en un espectáculo nada limpio
3- El contraste de vellos negros y piel de yogurt es atractivo en una proporción cercana a cero y no de cero a uno, sino de menos 10 a cero.
No, si la pregunta es esa la respuesta es no: no me siento nada traidora a la causa de la libre elección femenina. Si por ser feminista definimos luchar por la igualdad y respeto entre sexos, pues soy feminista, pero no marcharé tras el cartel de las que reivindican el derecho a no depilarse, solo como comisión de apoyo, pero no como practicante de dicha reivindicación.
La culpa por negarnos a presentar una piel imposiblemente lisa parece también, en parte, de la sociedad de consumo, de la moda, de las modelos y hasta de los fotógrafos. Como suele pasar con todas las rebeldías nacidas de imposiciones, cuando a un niño le obligamos a tocar el piano, termina arañando la madera y cortando las cuerdas si tiene valor suficiente para hacerlo. Lo que prima entonces son los arrestos propios “no me voy a depilar porque no me da la gana”.
Y no es que confunda la tendencia con una respuesta de rebeldía estéril, sí es molesto depilarse. Exige una disciplina y una fuerza de voluntad dignas de mejores causas. Cuando hace mucho frío es una tortura. Al empezar a crecer el vello se siente una incomodísima picazón. A veces la piel se irrita y los poros se infectan, aparecen granos y es peor el remedio que la enfermedad.
¿Depilar o no depilar? Ese es el dilema, y ahora el campo se divide entre las que se depilan puntualmente y muestran al mundo piernas, axilas, rostros y pubis como superficies lisas, y las que no se depilan y levantan casi como bandera la negativa a someterse a ceras, cremas y navajas mostrando piernas peludas y axilas frondosas.
¿Y las que estamos en el medio qué? ¿O es que en esta batalla singular entre la moda y la no-moda es obligatorio tomar partido? ¿Y si me niego a tomar partido?
Me opongo a las militancias y es una resistencia que transversaliza todo en mi vida, podría decirse que mi única militancia es la no-militancia y la exigencia a que se respeten los derechos de todos, incluso a no depilarse si no les place.
A mí me gusta estar depilada, por lo menos piernas y axilas. Y a veces, cuando estoy perezosa o hace frío, no lo hago con tanta regularidad, pero sí cubro los vellos porque no me agrada que se vean. ¡Ah! Y no tengo problemas con la piel lisa o velluda de nadie. Pregunto ¿Sentirá alguien que soy traidora porque yo no vaya a un lado o al otro?

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