Mis gatos

Muchos de mis amigos hablan de sus mascotas. Tienen perros, gatos, hámsters, cotorras y hay uno, solitario y huraño, que tiene un majá de Santamaría.
Yo tuve dos perras en toda mi vida y aunque dan tema para una novela, me pone un poco triste hablar de ellas. También tuve una cotorra que me dejó de recuerdo un surco casi invisible junto a la uña del dedo medio derecho… tampoco quiero hablar de ella. Tuve peceras con un promedio de ciento sesenta peces tropicales durante los años que ocuparon espacio en mi casa. Los peces son interesantes, particularmente los cardúmenes de barbos de Sumatra que coleccionaba mi papá. Pero tampoco va de peces esto.
Voy a hablar de los gatos que no tengo.
Los gatos que no tengo son dos. Se los presento: esa blanca grande de allá que levantó la cabeza un momento y volvió a enroscarse dándonos la espalda después de mirarnos, se llama Aqua. Y este negro que nos vigila desde el sofá, es Gato, a secas.
Es casi negro, excepto la punta de una pata trasera blanca, como si se hubiera olvidado una media puesta. Es tan tímido que no he podido ver bien de qué color tiene los ojos, los supongo verdes. Alguien quiso llamarle Orión, pero el gato es mío y le llamo como me dé la gana.
Cuando empezó a venir a casa no tenía nombre. Mientras se coló y anduvo invisible por los rincones sin dejarme saber qué animal viajaba trasnochando por los cuartos, callado como fantasma, se llamó “Eso”. Cuando al fin aceptó dejarse ver se convirtió en Gato, al fin.
Es torpe y ladrón, roba por hambre y rompe cosas por accidente. Le grito y se escurre hasta que se me pasa la rabia. Es entonces que recorro la casa llamándolo arrepentida, con lágrimas de remordimiento por haberle chillado, susurrando para que aparezca, prometiéndole comida, respeto, cariño. Cuando me considera suficientemente castigada, aparece y me mira de lejos, con cara de reproche. Nunca se acerca a mí excepto si estoy dormida y lo sé porque a veces encuentro pelos negros en la almohada, que no estaban cuando me acosté a dormir.
Aqua es blanca completa, sin mácula. Tiene un ojo azul y otro verde. Finge elegancia aunque todo el mundo sabe que antes de esterilizarla era una callejera buscapleitos, tanto que los vecinos la creían macho por lo agresiva y gruñona. Llegó a casa minúscula y sucia, prendida a mi pantalón, aullando como una descosida y negada de plano a soltar la tela. A golpe de mal genio se ganó entrar en la casa y quedarse. Al verse bajo techo retrajo las garritas y cayó exhausta en el piso, tan rendida que permitió sin chistar el baño, el secado y una ronda de manoseos. Cuando se despertó me prometió eterna fidelidad de gato caminando detrás de mí como un perrito durante toda la noche y durmiéndose sobre mis chancletas. Desde entonces no hay un par de zapatos al que no tenga que sacudirle montones de pelo blanco: Aqua, simbólicamente, duerme sobre mis pies.
Se dan la escandalosamente descarada vida de gato y a pesar de lo mucho que les envidio, me alegro por ellos, disfrutando su vagancia, sus siestas interminables y sus caprichos, esos mismos que yo no me puedo permitir.
Recojo cosas frágiles y las pongo en lugares seguros para que Gato no las rompa con su torpeza habitual, o las retiro y así evitamos accidentes. Le pongo comida abundante siempre en el mismo lugar para que olvide su manía de robarse los comestibles que encuentra mal colocados (incluso pepinos ¿han visto alguna vez un gato comiendo pepinos?) Dejo un zapato todos los días bajo la mesa, para Aqua, y nunca cierro la ventana para cuando regresa de sus excursiones. Creo que a su modo gatuno, me aman, como ningún animal me ha amado nunca.
Esos son mis gatos, los que no tengo, los que tal vez nunca tendré. No tengo donde tenerlos ni cómo, a mi madre no le gustan. Tendré que esperar. Algún día. Algún día…