Orden y concierto

Soy un desastre… sí, soy un desastre, si creen imposible un pote de sal en el refrigerador, encontrar un par de espejuelos dentro de la olla arrocera, dos blúmers bajo la cama (y encima limpios!!!) zapatos bajo el sofá, libros sobre el televisor, discos debajo de la almohada, un celular bien escondido detrás de un cojín (en silencio, para que no lo encuentres ni siquiera recurriendo al expediente de llamarte a ti mismo) un niño de 1,25 metros de estatura perdido en la casa, un plato de comida olvidado sobre una mesa (“¿dónde está mi comida? ¡se comieron mi comida!”)… todo eso es posible cuando hablamos de mí. No todo junto, por supuesto, ni siempre, pero empiezo por aquí para recordarles que dentro de mi perfil faltaba “si buscan reguero en google, aparecerá mi foto”, y que no obstante animarme a escribir esto, no soy una quisquilla obsesiva con el orden.

Pero sí es innegable que algo de orden, concierto y algoritmo hay que tener en la vida. Se puede ser un desastre, pero no en todo ni siempre, es una de esas cosas en que es mejor la media tinta si no logras ser obsesivamente ordenad, pero nunca el opuesto total.

En jodedera comentaba una vez con unos amigos que si tu cuarto es un total lío, puedes tener sentado frente a ti un potencial problema, y no verlo porque está camuflado en el desorden general como parte del paisaje, y eso es bien peligroso: no hay nada como un tigre en la jungla, si la jungla es tu vida, prepárate, que sin remedio hay tigres y tú, perdido entre tanto materío y fango y troncos caídos y lianas y monos balanceándose y tirándote cáscaras de platanito, sacudiendo mosquitos, protestando por churre, falta de agua y de café, no verás al rayado llegar a morderte el culo.

No digo que escojamos despoblar completamente la jungla, cortar los árboles, quemar la arecas, arrancar la lianas, matar a los monos y a los tigres, cementar el piso, poner reflectores, fumigar y dejar todo aséptico, cuadrado y de color pastel, pero en la vida, en el tiempo, el espacio, el cuarto, la cocina, las relaciones, el taller y la oficina, al menos debes tener refugios seguros y medianamente predecibles donde descansar del desorden necesario (el necesario, ojo).

Refugios que se consiguen solo limpiando, ordenando, acomodando el tiempo y los objetos. Me gustan los tigres, sin embargo no me agrada que me cojan desprevenida y no soporto que me descuarticen, limpiar después del desastre con las tripas arrastrando es muy incómodo, todo el mundo lo encuentra asqueroso y quienes se ofrecen voluntarios para ayudar a recoger, limpiar, recolocar las tripas, armarme de nuevo y echarme a funcionar, después me lo cobran con creces por el resto de nuestra amistad.

Puedo jugar con fango, pero no quiero estar de fango hasta los dientes todo el día, todos los días de mi vida. Los mosquitos no me perturban mientras no hagan nube y las lianas son para columpiarse en ellas, no para que me hagan tropezar. Las medias van en la gaveta, los platos, fregados, en el estante, los pomos de agua, en el refrigerador, se come a horas fijas o al menos todos juntos para evitar el chorreo gota a gota de platos que fregar, los blúmers sucios van en el cesto de ropa sucia, los libros en el librero o debajo de la almohada y el pecesito… el pez… ¿dónde está el pez? ¿VEN? ¿NO LO DECÍA YO?: ¡LO DEJÉ REGADO FUERA DE SU PECERA Y SE ESCAPÓ!

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Afuera!!!

Yo salí de Cuba, por unos días, unos días, no más. Era mi primera vez y entre una cosa y otra tuve unas 72 horas de soledad relativa para pensármelo todo, para recorrer todo el camino hasta llegar allí. Tuve la pésima inspiración de cargar entre mi música para escuchar con la pieza “Arenas de soledad”. Fue una elección fatal, en su momento cuando la cinta “Habana Blues” salió nos golpeó a muchos de mi generación como una patada en el plexo solar, nos dejó sin aire y con los ojos hechos agua, porque nos enfrentó con el hecho de que una parte de la Cuba de nuestra edad goteaba sin remedio hacia afuera, gravitando a otros países y dejándonos a los que nos quedamos con la obligación casi de congelar todos sus recuerdos para cuando ellos vinieran de visita los fines de año.
Más de una vez me he sentido tentada de olvidarme de los correos que llegan de todo el mundo y no leer ni uno más, ganas de olvidarme de los que están en Europa, de los que brincaron hacia Estados Unidos, de los que se derramaron por toda Latinoamérica y hasta de la única que se atrevió a hacer su residencia en Japón. Es como si se hubieran ido a otro universo y no pudiera seguirlos.
Todos tienen vidas muy diferentes a las que hubieran llevado en Cuba, muy diferentes. Hubo quien se aventuró a tener hijos cuando juraba y perjuraba que no iba a parir para nadie. Hay una, ordenada, previsora y tremendamente predecible en Cuba, que en Francia se dedica a trabajar como una bestia durante seis meses al año y con lo que gana se dedica otros seis meses a haraganear en lugares baratos, sin guardarse nada para después. Hay quien era ejemplo de haraganería y negligencia, que se ha vuelto modelo de laboriosidad y pulcritud. Hay quien se casó con alguien que le doblaba la edad; quien salió del closet no más cruzó la puerta de inmigración; quien se volvió la persona más estable, inexplicablemente porque, cuando era ciudadana de la República de Cuba, era un ejemplo de neurosis. Siguen siendo las mismas, los mismos, pero ya no son ellos.
Tenemos un hueco inmenso entre nosotros y no es la distancia, es el hecho de que en esa otra realidad completamente distinta a esa de donde proceden, ellos continuaron creciendo y crecieron en otra dirección, y yo no estuve ahí para verlo. Ellos no me vieron, yo no los vi a ellos, por tanto, ya no nos conocemos mucho y tenemos muy pocas oportunidades de volvernos a conocer. Estamos como en dimensiones paralelas. No es que quiera volver el tiempo atrás, pero la verdad es que a veces los extraño mucho. Tengo un gran resentimiento por el hecho de que se hayan ido, no con ellos, sino con lo que los hizo irse. No me envanezco ni me siento más patriota por haberme quedado, simplemente no me fui y ellos sí se fueron. Las raíces no están en la tierra, sino en la gente, la patria puede ser la historia, la cultura, pero la patria también es la gente, es tu gente, la que ha formado parte de tu vida, y si la gente se va… muchos terminan por pensar “¿para qué quedarse?”