Amigos

Conversábamos mi madrecita y yo sobre los sucesos-horripilantes-acaecidos-en-el-pre-más-cercano y encadenando un tema con otro terminamos hablando de mis amigas y amigos de la adolescencia. Las confesiones maternas que siguieron me dejaron helada.

Les explico a mi madre. Ella es un amor, todo el mundo la considera buena, amable, inteligente y una excelente mamá. Lo es, salvando los obvios reproches que todos los hijos (particularmente las hijas) les hacemos a nuestras madres, la verdad es que la mía es excelente. Pero salvando también las excelencias, debo decir que durante mucho tiempo dije con verdadero sentimiento que mi madre era homofóbica, lesbofóbica y miembro honorario del Partido Extremo Conservador, además de controladora, manipuladora, entusiasta practicante de la terapia Gestalt y el conductismo y posible seguidora de las política punitivas de la Real Inquisición Española. De un modo muy sutil todo eso, y emergente solo en momentos de crisis.

Pero la adolescencia y la juventud son momentos de crisis y todas las tendencias negativas familiares brotan en respuesta. La paciencia no es el fuerte de nadie y la tolerancia tampoco, es una lucha de voluntades en la que los menores crecen como les nace y los mayores intentan que crezcan como ellos consideran que debe ser. Yo siempre he sido a mi manera y eso por fuerza contradice la autoridad materna.

Ya no soy una adolescente (gracias por eso). Soy joven, pero adentradita en la adultez, cerca de las doradas puertas de Tembalandia, así que las crisis peores han quedado atrás. Y aunque mantengo mis criterios en cuanto a las características de mi madre, entre las cuales está, claro, que es una madre y una abuela excelente, ya chocamos menos… más bien yo esquivo mejor.

Sigo con sus confesiones. Mi madre confiesa por primera vez lo que pensaba de mis amistades de la Era Paleozoica de mi vida, y me sorprendo de cuán equivocada estaba en algunos casos y cuán acertada en otros, y hasta qué punto vio en algunas de mis amistades a las personas reales que eran o las que llegarían a ser.

De una de mis amigas más cercanas en el último año del pre confiesa con veneno que nunca le gustó. Que la consideraba irreverente, puta, no confiable, descuidada, irrespetuosa y más viajada de lo que parecía. Acepta que era inteligentísima, estudiosa, alegre, cariñosa y muy leal conmigo, pero esa parte nunca comprobada por ella de su persona, le resultaba merecedora de vigilancia, sobre todo porque andaba conmigo pararriba-parabajo todo el tiempo. Pues bien… nunca lo vio, nunca se manifestó delante de mi madre una sola de esas nada despreciables virtudes de mi amiga, pero todas eran verdad: era irreverente, puta, descuidada, falta de respeto, absolutamente nada confiable y tenía más horas de vuelo que toda la flota de Copa Airlines.

Nada de aquello me molestaba ni me hacía daño, yo sabía cómo cuidarme y excepto un accidente inevitable en todo el tiempo que duró nuestra amistad, nos fue bien. Al terminar el pre nos separamos en carreras distintas y no nos vimos más excepto en contadas y muy señaladas ocasiones. Tampoco éramos tan amigas, más bien aplicábamos con exactitud de manual la relación simbiótica de un cangrejo ermitaño y una anémona muy venenosa: yo la colocaba sobre mi caparazón y la paseaba a todas partes, ella espantaba todo lo que pudiera hacerme daño y con su vista larga era capaz de decir “por ahí no”. Así nos beneficiábamos, ella con la movilidad y legalidad que brindaban mi cara de tonta y mi prestigio de niña buena, yo con la agresividad y experiencia que garantizaba ella con su historia de trotacarreteras. Creo que a nuestra manera adolescente y simbiótica, hasta nos queríamos un poco.

Pero mi madre la sabía sin saberla y no confiaba en ella. No sabía por qué, pero tenía toda la razón. Si yo hubiera sido más tonta y menos cuidadosa, tal vez sí me hubiera hecho daño.

Otra amiga a la que vio una sola vez y con quien habló dos palabras escasas, fue calificada sin dudarlo de “niña dulce, en el fondo tímida, seria, fuerte y leal” La niña dulce y tímida es una mujer irreverente, sarcástica, leal y grande. Ahora está haciendo ejercicios para resolver la cuestión de su peso y lleva años fuera del país. Creo que en algún momento fue tímida y no hay duda de que es dulce a su manera brusca, es fuerte y leal. Y es grande… ya era grande cuando mi madre la calificó de “niña”, al lado suyo yo era un piojito insignificante y más digna de ser llamada “niña” que ella. Lo que sí mi madre nunca notó es que además es lesbiana, ya algo en esa muchacha lo era en esa época, pero mi mamita, tan desconfiada a veces de las sáficas, obvió ese detalle y centró su atención en lo dulce, tímida y leal. En algunas cosas mi madre yerra por omisión. Qué suerte, así me permitió disfrutar de esa amistad sin pesadeces ni advertencias. Y aún la disfruto aunque sea a distancia.

A un amigo muy descarado, escandaloso e irreverente lo calificó de sensiblero y enamorado de mí. Yo no le veía nada de eso, pero con el tiempo las dos cosas se revelaron, en el peor momento. Debí hacerle caso a mi madre.

Y así fue etiquetando a todos, diciéndome lo que en ese momento no se atrevió para evitar que me los llevara a todos a ser mis amigos clandestinos. Aplicó la idea maquiavélicamente maternal, tomada de aquella otra de que los amigos hay que tenerlos cerca, los enemigos más cerca, y derivando de esa, que los amigos y enemigos de tus hijos deben desayunar y merendar en tu casa para poderlos vigilar mejor a todos y saber cuándo están conspirando y cómo hacerlos fracasar en la tarea infantil, adolescente y juvenil de meterse en problemas a cada rato.

Mi madre confiesa que no confiaba en un tercio de mis amigos, que el otro tercio olía a rosas y que el tercio restante eran solo comparsa de la época, pura compañía, la tribu obligatoria de entre los once y los dieciocho. Yo la miro por encima de mi taza de café y no digo ni pío, como solemos hacer todos los del Club de los Zorros… mejor poner los intermitentes y esquivar, eso se llama tolerancia en la carretera y respeto a la seguridad vial: tú hablas, yo me callo y terminamos esta fiesta en paz, porque te quiero, me quieres y de todos aquellos amigos ahora quedan muy pocos a los que valga la pena defender o desvestir. Algunos están muy lejos, otros ya se olvidaron y los que importan (lejos o cerca)… los que importan saben que me tienen aquí.

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¡Condenadas cosas!

Me levanto rodeada de cosas, hay cosas por doquier. Mi cuarto es una confusión de cosas de las cuales al menos dos tercios sé innecesarias. Para llegar temprano a cualquier lugar tengo que recoger parte de esos innecesarios dos tercios… siempre llego tarde y en el transcurso del día constato que cargué con muchas cosas que no me hacen maldita falta. No me hace ninguna falta el móvil sin crédito, tirar timbres de cortesía es una cortesía absurda y de todas formas las personas que suelen llamar son siempre las mismas, ¿y la gente que quiero que no tiene móvil… la quiero menos porque no tenga cómo tirarles un puto timbre? ¿Para qué quiero el móvil? La carpeta llena de papeles no necesita la mitad de los papeles, muchos ya ni sirven para nada, debería botarlos. No sé para qué cargo con un peine, si me recojo el pelo tan apretado que no se me sale ni una pelusa que haya que disciplinar. Ni para qué el maquillaje, si solo me maquillo una vez al día, antes de salir a la calle, y a veces ni eso. No sé para qué tres memorias, si de todas formas el riesgo de contaminarlas es tan grande que a veces ni las uso. Para qué una agenda, si no anoto nada; para qué… y si se me pierde una sola cosa, caigo en una depresión histérico-psicótica que me deja desbaratada por semanas.

Miren mi equipaje de calle: móvil, cargador del móvil, tres memorias flash, en sus respectivas cajitas, claro; dos peines, dos pintalabios, un lápiz de cejas, un delineador, un rizapestañas, una tijerita plegable, una toalla, un pañuelo, un blúmer de emergencia, dos almohadillas sanitarias, un rollito de papel sanitario; tres bolígrafos, una agenda, una carpeta repleta de papeles, un monedero, una billetera… y mil cosas más, ese es un resumen de día normal. Todo eso dentro de una cartera que por sí sola pesa, y que a las doce del día me hala el hombro hasta el piso.

Las condenadas cosas, el kípel, como le decía Philip K. Dick en “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”, ancla nuestra vida, nos hace lentos, vanos, torpes y blandos. Nos pesa botar, todo tiene uso, cada cosa está cargada de subjetividad y utilidades confusas. Tu casa es un reguero (o un “ordeno”) de cosas que no tienen utilidad inmediata y por eso puede ser que no la tengan nunca. Y cuando se hacen viejas o se rompen, si tenemos la suerte de ser tipos que no conservan basura, las botamos y compramos otras que las sustituyan, y si no tenemos suerte de contar con dos dedos de frente, entonces compramos otras iguales que las sustituyan y guardamos las rotas para que sirvan de recuerdo. Kípel que me hace perder la guagua cuando corro detrás de ella y se me cae la cartera; que me obliga a virar a la casa para recoger una cosa inútil que olvidé y que no disparará un chícharo en todo el día, ni siquiera por la consideración de que viré a buscarla; que me hace tropezar cuando estoy limpiando o caminando; que me cae en la cabeza o me pilla los dedos. Cosas en las que gasto dinero que después no tengo para comprar otras cosas.

Las pertenencias de una familia inuit se recogen todas en un trineo, y si hay que salir a escape, ni trineo, solo los perros, las personas de la familia y los abrigos. Punto. Los tuaregs igual, toda una familia tuareg puede empaquetar su vida sobre un camello. Los celtas recogían su vida en dos fardos, si había que abandonarlos, pues, lo más importante eran los adornos, las armas y un caldero. Todo sin la esclavitud de las condenadas cosas.

“Me tengo que comprar otro par de zapatos ¿crees que unas botas tejanas blancas me quedarían bien?”; “Este móvil no tiene bluetooth, tengo que comprarme otro”; “Hay que cambiar la batidora”, “Hay que comprar… tengo que comprar… si no compro…” ¿SI NO COMPRAS QUÉ??? ¿TE MUERES? ¿TE BOTAN DE LA ESCUELA? ¿TE SACAN DEL TRABAJO? ¿TE DEJA TU PAREJA? ¿TE ENFERMAS DE CÁNCER?

Si desaparece la especie humana, y dentro de muchos siglos vienen visitantes alienígenas, podrán estudiar nuestra civilización por las ingentes cantidades de basura que hemos dejado. Cada pareja con la que terminamos deja nuestra casa repleta de sus rastros y nos metemos un siglo antes de poder traer a nadie más sin correr el riesgo de que de pronto, de abajo de una cama, aparezca un calzoncillo del ex. De cada lugar de donde nos vamos, a donde llegamos con una mochila de nada, nos vamos con dos mochilas, una caja y un maletín… y tenemos que volver a por más. Cada vez que vamos a un lugar, cargamos con tanto que no disfrutamos el viaje controlando los cerros de bultos, el camión con vikingo de porquería que tenemos que cargar para creernos que vamos seguros, que todo está bajo control.

Siempre las cosas, cosas rotas, cosa nuevas, cosas viejas, cosas inútiles, cosas usables y desechables, cosas que nos duran un suspiro como juguetes y enseguida dejamos en un rincón para coger otras cosas. Cosas que enseñamos “mira mi cafetera nueva”; “te gustan mis zapatos?”, “este móvil es lo último!”… que envidiamos… que pedimos, compramos, prestamos… Condenadas cosas!