El cóndor

Me fui al zoológico cuando supe que tenían un cóndor.
Nunca los había visto de cerca, lo más, un puntito a lo lejos, perdido en la inmensidad, cruzando por el Paso del Cóndor allá en Bolivia. Al grito de los guías de “¡que viene el cóndor!” había mirado a donde señalaban y lo vi sin saber cómo se las arreglaban para distinguir en aquel punto inasible al ave majestuosa y no a un volátil cualquiera.
Entonces me fui al zoológico para verlo, al fin, de cerca.
El día era frío, y el aviario estaba vacío y soñoliento. Junto a la jaula del cóndor, una armazón en forma de cúpula de unos quince metros de altura, había una muchacha vestida con ropa de verano, temblando entre la humedad.
Me acerqué y solo vi un pajarraco enorme y polvoriento que arrastraba como una saya de viuda por el piso sucio sus alas y cola negras. No noté nada majestuoso, nada bello, en él.
-Mira que somos- murmuré – ¿Por qué teníamos que poner en una jaula al cóndor? –
La muchacha a mi lado existió por un segundo, haciendo suya la pregunta para responderla con una sola palabra que casi suspiró:
– Envidia –
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Publicado por

#mañanaeslunes

un pedazo pequeño de todo, hecho de pequeños pedacitos de nada

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