La Isla al revés

un descubrimiento reciente que agradezco mucho: un joven cubano menor de 30 años que piensa lúcidamente

El Gato Verde

Por: Andrés Yunior Gómez Quevedo.

Uno de los libros que más he disfrutado leer ha sido “Patas Arriba: La escuela del mundo al revés” de Eduardo Galeano. A veces lo revisito y me digo, coño, quisiera poder escribir algo así, aunque a estas alturas ya sería pecar de falta de originalidad.

De pronto, a eso de las tres de la mañana en G y 25, con un frío pela narices y un cansancio de tres pares de cojones resultado de una jornada laboral seguida de unas horas de fiesta, me di cuenta de que llevaba más de 40 minutos encallado ahí, no pasaba absolutamente nada que me dejara aunque sea cerca de mi casa, y los taxis a los que les hice señas no iban para mi municipio, sino para donde a ellos les daba la gana.

Los otros dos que estaban en la parada, cuya conversación iba entre lo…

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El cóndor

Me fui al zoológico cuando supe que tenían un cóndor.
Nunca los había visto de cerca, lo más, un puntito a lo lejos, perdido en la inmensidad, cruzando por el Paso del Cóndor allá en Bolivia. Al grito de los guías de “¡que viene el cóndor!” había mirado a donde señalaban y lo vi sin saber cómo se las arreglaban para distinguir en aquel punto inasible al ave majestuosa y no a un volátil cualquiera.
Entonces me fui al zoológico para verlo, al fin, de cerca.
El día era frío, y el aviario estaba vacío y soñoliento. Junto a la jaula del cóndor, una armazón en forma de cúpula de unos quince metros de altura, había una muchacha vestida con ropa de verano, temblando entre la humedad.
Me acerqué y solo vi un pajarraco enorme y polvoriento que arrastraba como una saya de viuda por el piso sucio sus alas y cola negras. No noté nada majestuoso, nada bello, en él.
-Mira que somos- murmuré – ¿Por qué teníamos que poner en una jaula al cóndor? –
La muchacha a mi lado existió por un segundo, haciendo suya la pregunta para responderla con una sola palabra que casi suspiró:
– Envidia –

¡Condenadas cosas!

Me levanto rodeada de cosas, hay cosas por doquier. Mi cuarto es una confusión de cosas de las cuales al menos dos tercios sé innecesarias. Para llegar temprano a cualquier lugar tengo que recoger parte de esos innecesarios dos tercios… siempre llego tarde y en el transcurso del día constato que cargué con muchas cosas que no me hacen maldita falta. No me hace ninguna falta el móvil sin crédito, tirar timbres de cortesía es una cortesía absurda y de todas formas las personas que suelen llamar son siempre las mismas, ¿y la gente que quiero que no tiene móvil… la quiero menos porque no tenga cómo tirarles un puto timbre? ¿Para qué quiero el móvil? La carpeta llena de papeles no necesita la mitad de los papeles, muchos ya ni sirven para nada, debería botarlos. No sé para qué cargo con un peine, si me recojo el pelo tan apretado que no se me sale ni una pelusa que haya que disciplinar. Ni para qué el maquillaje, si solo me maquillo una vez al día, antes de salir a la calle, y a veces ni eso. No sé para qué tres memorias, si de todas formas el riesgo de contaminarlas es tan grande que a veces ni las uso. Para qué una agenda, si no anoto nada; para qué… y si se me pierde una sola cosa, caigo en una depresión histérico-psicótica que me deja desbaratada por semanas.

Miren mi equipaje de calle: móvil, cargador del móvil, tres memorias flash, en sus respectivas cajitas, claro; dos peines, dos pintalabios, un lápiz de cejas, un delineador, un rizapestañas, una tijerita plegable, una toalla, un pañuelo, un blúmer de emergencia, dos almohadillas sanitarias, un rollito de papel sanitario; tres bolígrafos, una agenda, una carpeta repleta de papeles, un monedero, una billetera… y mil cosas más, ese es un resumen de día normal. Todo eso dentro de una cartera que por sí sola pesa, y que a las doce del día me hala el hombro hasta el piso.

Las condenadas cosas, el kípel, como le decía Philip K. Dick en “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”, ancla nuestra vida, nos hace lentos, vanos, torpes y blandos. Nos pesa botar, todo tiene uso, cada cosa está cargada de subjetividad y utilidades confusas. Tu casa es un reguero (o un “ordeno”) de cosas que no tienen utilidad inmediata y por eso puede ser que no la tengan nunca. Y cuando se hacen viejas o se rompen, si tenemos la suerte de ser tipos que no conservan basura, las botamos y compramos otras que las sustituyan, y si no tenemos suerte de contar con dos dedos de frente, entonces compramos otras iguales que las sustituyan y guardamos las rotas para que sirvan de recuerdo. Kípel que me hace perder la guagua cuando corro detrás de ella y se me cae la cartera; que me obliga a virar a la casa para recoger una cosa inútil que olvidé y que no disparará un chícharo en todo el día, ni siquiera por la consideración de que viré a buscarla; que me hace tropezar cuando estoy limpiando o caminando; que me cae en la cabeza o me pilla los dedos. Cosas en las que gasto dinero que después no tengo para comprar otras cosas.

Las pertenencias de una familia inuit se recogen todas en un trineo, y si hay que salir a escape, ni trineo, solo los perros, las personas de la familia y los abrigos. Punto. Los tuaregs igual, toda una familia tuareg puede empaquetar su vida sobre un camello. Los celtas recogían su vida en dos fardos, si había que abandonarlos, pues, lo más importante eran los adornos, las armas y un caldero. Todo sin la esclavitud de las condenadas cosas.

“Me tengo que comprar otro par de zapatos ¿crees que unas botas tejanas blancas me quedarían bien?”; “Este móvil no tiene bluetooth, tengo que comprarme otro”; “Hay que cambiar la batidora”, “Hay que comprar… tengo que comprar… si no compro…” ¿SI NO COMPRAS QUÉ??? ¿TE MUERES? ¿TE BOTAN DE LA ESCUELA? ¿TE SACAN DEL TRABAJO? ¿TE DEJA TU PAREJA? ¿TE ENFERMAS DE CÁNCER?

Si desaparece la especie humana, y dentro de muchos siglos vienen visitantes alienígenas, podrán estudiar nuestra civilización por las ingentes cantidades de basura que hemos dejado. Cada pareja con la que terminamos deja nuestra casa repleta de sus rastros y nos metemos un siglo antes de poder traer a nadie más sin correr el riesgo de que de pronto, de abajo de una cama, aparezca un calzoncillo del ex. De cada lugar de donde nos vamos, a donde llegamos con una mochila de nada, nos vamos con dos mochilas, una caja y un maletín… y tenemos que volver a por más. Cada vez que vamos a un lugar, cargamos con tanto que no disfrutamos el viaje controlando los cerros de bultos, el camión con vikingo de porquería que tenemos que cargar para creernos que vamos seguros, que todo está bajo control.

Siempre las cosas, cosas rotas, cosa nuevas, cosas viejas, cosas inútiles, cosas usables y desechables, cosas que nos duran un suspiro como juguetes y enseguida dejamos en un rincón para coger otras cosas. Cosas que enseñamos “mira mi cafetera nueva”; “te gustan mis zapatos?”, “este móvil es lo último!”… que envidiamos… que pedimos, compramos, prestamos… Condenadas cosas!

Cara de cuchilla

Los niños te enseñan… mientras tú enseñas ellos te enseñan. Y es mejor así, porque cuando “crees enseñar” sin aprender no aprendes nada y no enseñas nada. A mí me gusta que los alumnos me enseñen. Promuevo que quieran hacerlo y si no tienen intención de hacerlo, les pregunto, les pido “enséñame a…”

Así aprendí a hacer algunos modelos particularmente complicados de aviones de papel. Aprendí a mezclar maní con leche y capulí con miel, a cortar hojas en forma de pecesito y otras muchas cosas que los niños saben y solo las enseñan a otros niños porque los adultos no mostramos el menor interés en aprender.

Tuve la suerte de tener buenos maestros, pero uno de los mejores fue Aparicio.

Aparicio me enseñó muchas cosas, la más interesante fue… a ponerme cuchillas en la boca. La técnica la aprendió de sus tíos maternos, una partida muy folclórica, itinerante, malhablada y delictuosa de machos centrohabaneros que se tomaron muy en serio la labor de educar a sus sobrinos, ahijados e hijos en la subcultura machista procarcelaria.

“Abres la boca así” decía y me mostraba “te abres aquí” metía un dedo en la comisura de la boca y halaba hacia afuera mostrando la parte interior de la mejilla “luego metes la cuchilla aquí con cuidado, que te cortas to’ la boca si lo haces a lo loco” Entonces en silencio hacía la misma operación por el otro lado y ya tenías un niño armado… con palitos de madera, que con cuchillas no iba a dejar que me hiciera la demostración, por supuesto.

“No te puedes reir” advertía “ni hablar muuuuucho, ni muy alto. No puedes hacer muecas, tienes que estar así” y ponía una expresión seca, seria, dura, nada infantil “porque si te pones a payasear, te cortas to’a la boca”

Practiqué delante de él, yo sí con las cuchillas… el pacto era que si yo era capaz de hacerlo, él se aplicaría mejor y no volvería a hacerlo “Nunca más, Aparicio” “Nunca, profe” y me miré en el espejo luego de armar mi boca.

-¿Qué parezco?- le pregunté tratando de lucir seca, seria, dura y nada infantil, y sin abrir mucho la boca ni hacer todas las muecas que hago al hablar.

– De cartón – respondió, confirmando que no había nacido yo para guardar cuchillas en la boca y que lucía todo menos natural – Si te coge la fiana se da cuenta.-

Le pregunté entonces qué clase de cara había que tener. Lo pensó un rato poniéndose la mano en la barbilla y mirándome pícaro. De pronto la musa le saltó encima e inventó el nombre de la expresión.

– De cuchilla, profe, pon CARA DE CUCHILLA.-

Aparicio fue diagnosticado de “superado” en su escuela, gracias al trabajo de mucha gente. Pasó al sistema de enseñanza general primaria saliendo exitosamente de la escuela para niños con trastornos de la conducta. No sé si logró liberarse de las cadenas de la desventaja social que le marcaban para un mal futuro. Quisiera creer que sí.

Debe tener ahora 19 años, me enseñó a ponerme cuchillas en la boca y a poner “cara de cuchilla” para lucir convincente. No lo aprendí porque fuera a usar la habilidad para algo, sino para que él me permitiera enseñarle otras cosas que iban a serle más útiles y para alejarlo un poco de lo que le enseñaban sus tíos los ruiseñores bandidos de Centro Habana.

Los niños aprenden y enseñan. Cuando aprenden se convierten en tus maestros. Todos recordamos a nuestros mejores maestros. Recuerdo a Aparicio, alumno y un poco maestro, y me pregunto dónde estará mi pequeño “cara de cuchilla”

Orden y concierto

Soy un desastre… sí, soy un desastre, si creen imposible un pote de sal en el refrigerador, encontrar un par de espejuelos dentro de la olla arrocera, dos blúmers bajo la cama (y encima limpios!!!) zapatos bajo el sofá, libros sobre el televisor, discos debajo de la almohada, un celular bien escondido detrás de un cojín (en silencio, para que no lo encuentres ni siquiera recurriendo al expediente de llamarte a ti mismo) un niño de 1,25 metros de estatura perdido en la casa, un plato de comida olvidado sobre una mesa (“¿dónde está mi comida? ¡se comieron mi comida!”)… todo eso es posible cuando hablamos de mí. No todo junto, por supuesto, ni siempre, pero empiezo por aquí para recordarles que dentro de mi perfil faltaba “si buscan reguero en google, aparecerá mi foto”, y que no obstante animarme a escribir esto, no soy una quisquilla obsesiva con el orden.

Pero sí es innegable que algo de orden, concierto y algoritmo hay que tener en la vida. Se puede ser un desastre, pero no en todo ni siempre, es una de esas cosas en que es mejor la media tinta si no logras ser obsesivamente ordenad, pero nunca el opuesto total.

En jodedera comentaba una vez con unos amigos que si tu cuarto es un total lío, puedes tener sentado frente a ti un potencial problema, y no verlo porque está camuflado en el desorden general como parte del paisaje, y eso es bien peligroso: no hay nada como un tigre en la jungla, si la jungla es tu vida, prepárate, que sin remedio hay tigres y tú, perdido entre tanto materío y fango y troncos caídos y lianas y monos balanceándose y tirándote cáscaras de platanito, sacudiendo mosquitos, protestando por churre, falta de agua y de café, no verás al rayado llegar a morderte el culo.

No digo que escojamos despoblar completamente la jungla, cortar los árboles, quemar la arecas, arrancar la lianas, matar a los monos y a los tigres, cementar el piso, poner reflectores, fumigar y dejar todo aséptico, cuadrado y de color pastel, pero en la vida, en el tiempo, el espacio, el cuarto, la cocina, las relaciones, el taller y la oficina, al menos debes tener refugios seguros y medianamente predecibles donde descansar del desorden necesario (el necesario, ojo).

Refugios que se consiguen solo limpiando, ordenando, acomodando el tiempo y los objetos. Me gustan los tigres, sin embargo no me agrada que me cojan desprevenida y no soporto que me descuarticen, limpiar después del desastre con las tripas arrastrando es muy incómodo, todo el mundo lo encuentra asqueroso y quienes se ofrecen voluntarios para ayudar a recoger, limpiar, recolocar las tripas, armarme de nuevo y echarme a funcionar, después me lo cobran con creces por el resto de nuestra amistad.

Puedo jugar con fango, pero no quiero estar de fango hasta los dientes todo el día, todos los días de mi vida. Los mosquitos no me perturban mientras no hagan nube y las lianas son para columpiarse en ellas, no para que me hagan tropezar. Las medias van en la gaveta, los platos, fregados, en el estante, los pomos de agua, en el refrigerador, se come a horas fijas o al menos todos juntos para evitar el chorreo gota a gota de platos que fregar, los blúmers sucios van en el cesto de ropa sucia, los libros en el librero o debajo de la almohada y el pecesito… el pez… ¿dónde está el pez? ¿VEN? ¿NO LO DECÍA YO?: ¡LO DEJÉ REGADO FUERA DE SU PECERA Y SE ESCAPÓ!

Afuera!!!

Yo salí de Cuba, por unos días, unos días, no más. Era mi primera vez y entre una cosa y otra tuve unas 72 horas de soledad relativa para pensármelo todo, para recorrer todo el camino hasta llegar allí. Tuve la pésima inspiración de cargar entre mi música para escuchar con la pieza “Arenas de soledad”. Fue una elección fatal, en su momento cuando la cinta “Habana Blues” salió nos golpeó a muchos de mi generación como una patada en el plexo solar, nos dejó sin aire y con los ojos hechos agua, porque nos enfrentó con el hecho de que una parte de la Cuba de nuestra edad goteaba sin remedio hacia afuera, gravitando a otros países y dejándonos a los que nos quedamos con la obligación casi de congelar todos sus recuerdos para cuando ellos vinieran de visita los fines de año.
Más de una vez me he sentido tentada de olvidarme de los correos que llegan de todo el mundo y no leer ni uno más, ganas de olvidarme de los que están en Europa, de los que brincaron hacia Estados Unidos, de los que se derramaron por toda Latinoamérica y hasta de la única que se atrevió a hacer su residencia en Japón. Es como si se hubieran ido a otro universo y no pudiera seguirlos.
Todos tienen vidas muy diferentes a las que hubieran llevado en Cuba, muy diferentes. Hubo quien se aventuró a tener hijos cuando juraba y perjuraba que no iba a parir para nadie. Hay una, ordenada, previsora y tremendamente predecible en Cuba, que en Francia se dedica a trabajar como una bestia durante seis meses al año y con lo que gana se dedica otros seis meses a haraganear en lugares baratos, sin guardarse nada para después. Hay quien era ejemplo de haraganería y negligencia, que se ha vuelto modelo de laboriosidad y pulcritud. Hay quien se casó con alguien que le doblaba la edad; quien salió del closet no más cruzó la puerta de inmigración; quien se volvió la persona más estable, inexplicablemente porque, cuando era ciudadana de la República de Cuba, era un ejemplo de neurosis. Siguen siendo las mismas, los mismos, pero ya no son ellos.
Tenemos un hueco inmenso entre nosotros y no es la distancia, es el hecho de que en esa otra realidad completamente distinta a esa de donde proceden, ellos continuaron creciendo y crecieron en otra dirección, y yo no estuve ahí para verlo. Ellos no me vieron, yo no los vi a ellos, por tanto, ya no nos conocemos mucho y tenemos muy pocas oportunidades de volvernos a conocer. Estamos como en dimensiones paralelas. No es que quiera volver el tiempo atrás, pero la verdad es que a veces los extraño mucho. Tengo un gran resentimiento por el hecho de que se hayan ido, no con ellos, sino con lo que los hizo irse. No me envanezco ni me siento más patriota por haberme quedado, simplemente no me fui y ellos sí se fueron. Las raíces no están en la tierra, sino en la gente, la patria puede ser la historia, la cultura, pero la patria también es la gente, es tu gente, la que ha formado parte de tu vida, y si la gente se va… muchos terminan por pensar “¿para qué quedarse?”

Piel propia, piel ajena, derecho a mi piel

Me miro las piernas como si fueran asquerosas patas de cucaracha, “necesitan cera” gruño, y acaricio con una mezcla de desconsuelo y rabia la piel erizada de cañones negros. Soy demasiado mediterránea, no tengo la culpa de eso: después de haberme afeitado las piernas la noche antes, a las doce del día de esta jornada en cuestión ya la sombra azulosa me cubre y mi cara está verde de frustración. Los profesionales del asunto sugieren usar cremas depiladoras y no abusar de las cuchillas por delicadas que sean: mi piel es una piel complicada y nadie lo sabe mejor que yo, que llevo casi 35 años dentro de ella.
Pero sigue el asunto de a quien culpar. Está de moda acusar a la sociedad de consumo que ha implantado el modelo de una mujer correctamente depilada, con una piel de muñeca, impoluta, limpia y sin la menor imperfección. Sí, definitivamente, la culpa es de la sociedad de consumo que nos obliga a todas a intentar parecer de plástico. Sin embargo, ya sea un gusto adquirido o una imposición de la moda, me gusta sentirme sin vellos. Lo siento mucho, defensoras del derecho de las mujeres a no depilarse: no me gusta sentirme velluda. En Cuba hace un calor sofocante, mi piel es muy grasa, soy excesivamente blanca y:
1- Es una tortura andar siempre en pantalones
2- La suciedad de la calle mezclada con mi sudor convierte mis vellos en un espectáculo nada limpio
3- El contraste de vellos negros y piel de yogurt es atractivo en una proporción cercana a cero y no de cero a uno, sino de menos 10 a cero.
No, si la pregunta es esa la respuesta es no: no me siento nada traidora a la causa de la libre elección femenina. Si por ser feminista definimos luchar por la igualdad y respeto entre sexos, pues soy feminista, pero no marcharé tras el cartel de las que reivindican el derecho a no depilarse, solo como comisión de apoyo, pero no como practicante de dicha reivindicación.
La culpa por negarnos a presentar una piel imposiblemente lisa parece también, en parte, de la sociedad de consumo, de la moda, de las modelos y hasta de los fotógrafos. Como suele pasar con todas las rebeldías nacidas de imposiciones, cuando a un niño le obligamos a tocar el piano, termina arañando la madera y cortando las cuerdas si tiene valor suficiente para hacerlo. Lo que prima entonces son los arrestos propios “no me voy a depilar porque no me da la gana”.
Y no es que confunda la tendencia con una respuesta de rebeldía estéril, sí es molesto depilarse. Exige una disciplina y una fuerza de voluntad dignas de mejores causas. Cuando hace mucho frío es una tortura. Al empezar a crecer el vello se siente una incomodísima picazón. A veces la piel se irrita y los poros se infectan, aparecen granos y es peor el remedio que la enfermedad.
¿Depilar o no depilar? Ese es el dilema, y ahora el campo se divide entre las que se depilan puntualmente y muestran al mundo piernas, axilas, rostros y pubis como superficies lisas, y las que no se depilan y levantan casi como bandera la negativa a someterse a ceras, cremas y navajas mostrando piernas peludas y axilas frondosas.
¿Y las que estamos en el medio qué? ¿O es que en esta batalla singular entre la moda y la no-moda es obligatorio tomar partido? ¿Y si me niego a tomar partido?
Me opongo a las militancias y es una resistencia que transversaliza todo en mi vida, podría decirse que mi única militancia es la no-militancia y la exigencia a que se respeten los derechos de todos, incluso a no depilarse si no les place.
A mí me gusta estar depilada, por lo menos piernas y axilas. Y a veces, cuando estoy perezosa o hace frío, no lo hago con tanta regularidad, pero sí cubro los vellos porque no me agrada que se vean. ¡Ah! Y no tengo problemas con la piel lisa o velluda de nadie. Pregunto ¿Sentirá alguien que soy traidora porque yo no vaya a un lado o al otro?