Eclipse total

amaneceres en marcha: luces que transcienden más allá de la muerte

El microwave

Hace media hora se me iba un P1 en la parada. Y yo creía que ya era un comienzo de semana bastante malo. Hasta que recibí un mensaje: “Se nos fueron gunter grass y galeano”.

Debería estar prohibido algo así, que tanta poesía se vaya en un mismo fogonazo es como declarar la noche en todos los rincones del mundo a la vez.

gunter-grass-eduardo-galeano

Ver la entrada original

en su momento se llamó “La teoría de la Gran Enajenación”



Ella, del lado acá del Malecón

Cuando niña nunca creí mucho en “El otro lado”. Sería que me era más fácil saltar a una dimensión alternativa donde existieran los octópodos dactilados de Fomalhaut o los dragones que pensar en un lugar más allá del Malecón. Tampoco tenía a nadie próximo más allá del Malecón, mi familia paterna era entonces demasiado pequeña para partirse en pedazos, y la materna demasiado vasta y desconocida para saber los rumbos de cada cual.

Así que me inventé mi propia versión de las verdades imposibles de probar. “El otro lado” no existía, el mundo era este, y todas las historias que venían del más allá eran puestas en escena de alta calidad para nosotros, espectadores fieles. Los que venían en planes turísticos eran extras, los altos funcionarios, presidentes, personalidades, artistas y demás VIPs que aparecían en la TV eran actores de reparto con salarios principescos y roles trascendentales, y todos esos familiares, amigos y conocidos que partían temporal o definitivamente, eran actores contratados para jugar en el Performance Gigante un rol de reality show que significara algo especial para la parte del auditorio más cercana afectivamente a ellos y así recapturar la atención de esos que momentáneamente habían desviado los ojos de la pantalla.

Él, del lado allá del Malecón

Nunca comprendí, las explicaciones siempre fueron demasiado confusas y contendientes, así que me desentendí del tema, aunque a cada rato veía noticias, disímilmente interpretadas por demasiada gente que parecía saberlo todo y a la vez no saber nada.

Cuando empecé a estudiar física teórica y leí sobre el modelo de Shrödinger de La Caja de Gato, donde se ilustraba cómo dentro de la caja que aleatoriamente liberaría una partícula responsable de desatar el caos tóxico y letal, el gato tenía idénticas posibilidades de estar vivo, estar muerto o no estar, y fuera de la caja solo se podía teorizar probabilísticamente el estado de gato. Me pareció el mejor modelo para explicar qué pasaba. Era una Caja de Gato de Shrödinger: mientras no entráramos y viéramos con nuestros propios ojos, solo podíamos tener hipótesis groseras de qué pasaba con el gato.

Ella, dentro del agua en Cangrejeras, adivinado alejarse una rápida, sentada en la Terminal 3, siendo testigo en una boda internacional, recibiendo una carta, sacándose un anillo para ponerlo en otro dedo, recibiendo 144 correos entre el diez y el treinta y uno diciembre…

Le dije a tu abuela que todo estaba bien. Cacé a tu perro, que se había vuelto callejero, para devolvérselo a tu madre. Le recordé a tu hermana que mandara la talla de zapatos de tu sobrino. Me senté en el mismo banco de quinta donde nos sentábamos a mirar a la gente correr. Pasé por casa de la tatuadora que te hizo la rayuela con letras griegas en la cadera. Cogí un paquete de espaguetis en el mismo estante donde, cuando fuimos por última vez, había un detergente carísimo que nos hizo protestar (¡Economía de mierda!). Fui a casa de la que era tu novia y hablamos de cuando te caíste del balcón de atrás, borracho, y tuvimos que correr contigo.

Ya no está la cerca donde se te enganchó el anillo del dragón y perdiste el dedo anular para pasar a llamarte “Nuevimedio” y ya no más Maikel, el Rubio. Flaca, el tipo que se moría por ti pesa ahora casi ochenta kilos y está entrando en canas, su hija es idéntica a ti, buscó una mujer que tuviera tus mismos ojos, boca, nariz, cuerpo, y su primogénita tiene tu nombre. Tiñosa, cuando Fukushima explotó nos cagamos de miedo, literalmente, pero cuando tu abuela dijo que no estabas ahí sino casi veinte mil kilómetros distante, respiramos. Chiqui, menos mal que siempre vienes, y seguirás viniendo, pero tengo un secreto para ti: cuando te vas queda un vacío enorme. Cojo, yo sé por qué no viniste a verme, tranquilo, tu secreto está seguro conmigo… y así…

Todos/todas gravitaron al otro lado del Performance Gigante, yo misma puse mi nombre en una planilla de colaboradores en el extranjero y supongo (que el Dios de la Pacotilla y la Necesidad Económica Urgente así lo quiera) que antes de llegar a la edad de Cristo me toque conocer qué hay del otro lado, y tuve que olvidarme de mi fantasía: no puede ser mítico el lugar a donde todos ustedes se fueron y yo me iré. No puede ser mítico el lugar de donde vienes tú…

Él, en un avión, camino a La Caja…

Tengo que ver qué hay dentro, tengo que verlo. Aunque sea para saber que sí hay gatos y todos están vivos. Si he recorrido el mundo y no quedan enigmas de Shrödinger para mí, este no puede serlo. Este lugar aparece en mapas, de este lugar hay fotos, hay imágenes, hay ecos. En este lugar estás tú, y yo tengo que saber que no eres solo letras, que ahí dentro existes.

Ellos, en el Malecón, sentados de espaldas a la ciudad…

… no es un Performance Gigante… el mundo no se acaba en este muro: el mundo empieza aquí…
… no es una trampa Shrödinger, es un lugar, es tu lugar… el mundo no se acababa allá: el mundo empieza aquí…

Amigos

Conversábamos mi madrecita y yo sobre los sucesos-horripilantes-acaecidos-en-el-pre-más-cercano y encadenando un tema con otro terminamos hablando de mis amigas y amigos de la adolescencia. Las confesiones maternas que siguieron me dejaron helada.

Les explico a mi madre. Ella es un amor, todo el mundo la considera buena, amable, inteligente y una excelente mamá. Lo es, salvando los obvios reproches que todos los hijos (particularmente las hijas) les hacemos a nuestras madres, la verdad es que la mía es excelente. Pero salvando también las excelencias, debo decir que durante mucho tiempo dije con verdadero sentimiento que mi madre era homofóbica, lesbofóbica y miembro honorario del Partido Extremo Conservador, además de controladora, manipuladora, entusiasta practicante de la terapia Gestalt y el conductismo y posible seguidora de las política punitivas de la Real Inquisición Española. De un modo muy sutil todo eso, y emergente solo en momentos de crisis.

Pero la adolescencia y la juventud son momentos de crisis y todas las tendencias negativas familiares brotan en respuesta. La paciencia no es el fuerte de nadie y la tolerancia tampoco, es una lucha de voluntades en la que los menores crecen como les nace y los mayores intentan que crezcan como ellos consideran que debe ser. Yo siempre he sido a mi manera y eso por fuerza contradice la autoridad materna.

Ya no soy una adolescente (gracias por eso). Soy joven, pero adentradita en la adultez, cerca de las doradas puertas de Tembalandia, así que las crisis peores han quedado atrás. Y aunque mantengo mis criterios en cuanto a las características de mi madre, entre las cuales está, claro, que es una madre y una abuela excelente, ya chocamos menos… más bien yo esquivo mejor.

Sigo con sus confesiones. Mi madre confiesa por primera vez lo que pensaba de mis amistades de la Era Paleozoica de mi vida, y me sorprendo de cuán equivocada estaba en algunos casos y cuán acertada en otros, y hasta qué punto vio en algunas de mis amistades a las personas reales que eran o las que llegarían a ser.

De una de mis amigas más cercanas en el último año del pre confiesa con veneno que nunca le gustó. Que la consideraba irreverente, puta, no confiable, descuidada, irrespetuosa y más viajada de lo que parecía. Acepta que era inteligentísima, estudiosa, alegre, cariñosa y muy leal conmigo, pero esa parte nunca comprobada por ella de su persona, le resultaba merecedora de vigilancia, sobre todo porque andaba conmigo pararriba-parabajo todo el tiempo. Pues bien… nunca lo vio, nunca se manifestó delante de mi madre una sola de esas nada despreciables virtudes de mi amiga, pero todas eran verdad: era irreverente, puta, descuidada, falta de respeto, absolutamente nada confiable y tenía más horas de vuelo que toda la flota de Copa Airlines.

Nada de aquello me molestaba ni me hacía daño, yo sabía cómo cuidarme y excepto un accidente inevitable en todo el tiempo que duró nuestra amistad, nos fue bien. Al terminar el pre nos separamos en carreras distintas y no nos vimos más excepto en contadas y muy señaladas ocasiones. Tampoco éramos tan amigas, más bien aplicábamos con exactitud de manual la relación simbiótica de un cangrejo ermitaño y una anémona muy venenosa: yo la colocaba sobre mi caparazón y la paseaba a todas partes, ella espantaba todo lo que pudiera hacerme daño y con su vista larga era capaz de decir “por ahí no”. Así nos beneficiábamos, ella con la movilidad y legalidad que brindaban mi cara de tonta y mi prestigio de niña buena, yo con la agresividad y experiencia que garantizaba ella con su historia de trotacarreteras. Creo que a nuestra manera adolescente y simbiótica, hasta nos queríamos un poco.

Pero mi madre la sabía sin saberla y no confiaba en ella. No sabía por qué, pero tenía toda la razón. Si yo hubiera sido más tonta y menos cuidadosa, tal vez sí me hubiera hecho daño.

Otra amiga a la que vio una sola vez y con quien habló dos palabras escasas, fue calificada sin dudarlo de “niña dulce, en el fondo tímida, seria, fuerte y leal” La niña dulce y tímida es una mujer irreverente, sarcástica, leal y grande. Ahora está haciendo ejercicios para resolver la cuestión de su peso y lleva años fuera del país. Creo que en algún momento fue tímida y no hay duda de que es dulce a su manera brusca, es fuerte y leal. Y es grande… ya era grande cuando mi madre la calificó de “niña”, al lado suyo yo era un piojito insignificante y más digna de ser llamada “niña” que ella. Lo que sí mi madre nunca notó es que además es lesbiana, ya algo en esa muchacha lo era en esa época, pero mi mamita, tan desconfiada a veces de las sáficas, obvió ese detalle y centró su atención en lo dulce, tímida y leal. En algunas cosas mi madre yerra por omisión. Qué suerte, así me permitió disfrutar de esa amistad sin pesadeces ni advertencias. Y aún la disfruto aunque sea a distancia.

A un amigo muy descarado, escandaloso e irreverente lo calificó de sensiblero y enamorado de mí. Yo no le veía nada de eso, pero con el tiempo las dos cosas se revelaron, en el peor momento. Debí hacerle caso a mi madre.

Y así fue etiquetando a todos, diciéndome lo que en ese momento no se atrevió para evitar que me los llevara a todos a ser mis amigos clandestinos. Aplicó la idea maquiavélicamente maternal, tomada de aquella otra de que los amigos hay que tenerlos cerca, los enemigos más cerca, y derivando de esa, que los amigos y enemigos de tus hijos deben desayunar y merendar en tu casa para poderlos vigilar mejor a todos y saber cuándo están conspirando y cómo hacerlos fracasar en la tarea infantil, adolescente y juvenil de meterse en problemas a cada rato.

Mi madre confiesa que no confiaba en un tercio de mis amigos, que el otro tercio olía a rosas y que el tercio restante eran solo comparsa de la época, pura compañía, la tribu obligatoria de entre los once y los dieciocho. Yo la miro por encima de mi taza de café y no digo ni pío, como solemos hacer todos los del Club de los Zorros… mejor poner los intermitentes y esquivar, eso se llama tolerancia en la carretera y respeto a la seguridad vial: tú hablas, yo me callo y terminamos esta fiesta en paz, porque te quiero, me quieres y de todos aquellos amigos ahora quedan muy pocos a los que valga la pena defender o desvestir. Algunos están muy lejos, otros ya se olvidaron y los que importan (lejos o cerca)… los que importan saben que me tienen aquí.

La visión de la mujer cubana en el programa “Cuando una mujer”

tengo problemas realmente con “Cuando una mujer…” pero acá están detalladitos… sírvanse ustedes mismas

Asamblea Feminista

Por Sophie M. Lavoie*

La Federación de Mujeres Cubanas colabora con el canal Cubavisión en la producción de una serie de programas sobre los problemas de la mujer cubana, de la sociedad, etc. ¡Tremenda oportunidad para hablar del feminismo en Cuba! Bueno, no…

Esta noche (23/02/2015), el programa tenía que ver con los accidentes que pueden ocurrir en la casa, por descuido. Valiosa tarea, ya que hay miles de posibilidades. La locutora, una actriz de telenovela, nos dio la bienvenida a todas y nos habló del tema, sin dar detalles sobre lo que podría tratar.

La representación de las mujeres que se hizo en el programa que siguió fue espantosa, por diversas razones. Compartan conmigo este breve recorrido del programa.

Empieza con una mujer que parece anciana, con sobrepeso y pelo canoso, caminando por la acera, parece tener problemas en las piernas, tiene dificultades para andar. ¿Se va a caer…

Ver la entrada original 1.030 palabras más

La Isla al revés

un descubrimiento reciente que agradezco mucho: un joven cubano menor de 30 años que piensa lúcidamente

El Gato Verde

Por: Andrés Yunior Gómez Quevedo.

Uno de los libros que más he disfrutado leer ha sido “Patas Arriba: La escuela del mundo al revés” de Eduardo Galeano. A veces lo revisito y me digo, coño, quisiera poder escribir algo así, aunque a estas alturas ya sería pecar de falta de originalidad.

De pronto, a eso de las tres de la mañana en G y 25, con un frío pela narices y un cansancio de tres pares de cojones resultado de una jornada laboral seguida de unas horas de fiesta, me di cuenta de que llevaba más de 40 minutos encallado ahí, no pasaba absolutamente nada que me dejara aunque sea cerca de mi casa, y los taxis a los que les hice señas no iban para mi municipio, sino para donde a ellos les daba la gana.

Los otros dos que estaban en la parada, cuya conversación iba entre lo…

Ver la entrada original 830 palabras más

El cóndor

Me fui al zoológico cuando supe que tenían un cóndor.
Nunca los había visto de cerca, lo más, un puntito a lo lejos, perdido en la inmensidad, cruzando por el Paso del Cóndor allá en Bolivia. Al grito de los guías de “¡que viene el cóndor!” había mirado a donde señalaban y lo vi sin saber cómo se las arreglaban para distinguir en aquel punto inasible al ave majestuosa y no a un volátil cualquiera.
Entonces me fui al zoológico para verlo, al fin, de cerca.
El día era frío, y el aviario estaba vacío y soñoliento. Junto a la jaula del cóndor, una armazón en forma de cúpula de unos quince metros de altura, había una muchacha vestida con ropa de verano, temblando entre la humedad.
Me acerqué y solo vi un pajarraco enorme y polvoriento que arrastraba como una saya de viuda por el piso sucio sus alas y cola negras. No noté nada majestuoso, nada bello, en él.
-Mira que somos- murmuré – ¿Por qué teníamos que poner en una jaula al cóndor? –
La muchacha a mi lado existió por un segundo, haciendo suya la pregunta para responderla con una sola palabra que casi suspiró:
– Envidia –

¡Condenadas cosas!

Me levanto rodeada de cosas, hay cosas por doquier. Mi cuarto es una confusión de cosas de las cuales al menos dos tercios sé innecesarias. Para llegar temprano a cualquier lugar tengo que recoger parte de esos innecesarios dos tercios… siempre llego tarde y en el transcurso del día constato que cargué con muchas cosas que no me hacen maldita falta. No me hace ninguna falta el móvil sin crédito, tirar timbres de cortesía es una cortesía absurda y de todas formas las personas que suelen llamar son siempre las mismas, ¿y la gente que quiero que no tiene móvil… la quiero menos porque no tenga cómo tirarles un puto timbre? ¿Para qué quiero el móvil? La carpeta llena de papeles no necesita la mitad de los papeles, muchos ya ni sirven para nada, debería botarlos. No sé para qué cargo con un peine, si me recojo el pelo tan apretado que no se me sale ni una pelusa que haya que disciplinar. Ni para qué el maquillaje, si solo me maquillo una vez al día, antes de salir a la calle, y a veces ni eso. No sé para qué tres memorias, si de todas formas el riesgo de contaminarlas es tan grande que a veces ni las uso. Para qué una agenda, si no anoto nada; para qué… y si se me pierde una sola cosa, caigo en una depresión histérico-psicótica que me deja desbaratada por semanas.

Miren mi equipaje de calle: móvil, cargador del móvil, tres memorias flash, en sus respectivas cajitas, claro; dos peines, dos pintalabios, un lápiz de cejas, un delineador, un rizapestañas, una tijerita plegable, una toalla, un pañuelo, un blúmer de emergencia, dos almohadillas sanitarias, un rollito de papel sanitario; tres bolígrafos, una agenda, una carpeta repleta de papeles, un monedero, una billetera… y mil cosas más, ese es un resumen de día normal. Todo eso dentro de una cartera que por sí sola pesa, y que a las doce del día me hala el hombro hasta el piso.

Las condenadas cosas, el kípel, como le decía Philip K. Dick en “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”, ancla nuestra vida, nos hace lentos, vanos, torpes y blandos. Nos pesa botar, todo tiene uso, cada cosa está cargada de subjetividad y utilidades confusas. Tu casa es un reguero (o un “ordeno”) de cosas que no tienen utilidad inmediata y por eso puede ser que no la tengan nunca. Y cuando se hacen viejas o se rompen, si tenemos la suerte de ser tipos que no conservan basura, las botamos y compramos otras que las sustituyan, y si no tenemos suerte de contar con dos dedos de frente, entonces compramos otras iguales que las sustituyan y guardamos las rotas para que sirvan de recuerdo. Kípel que me hace perder la guagua cuando corro detrás de ella y se me cae la cartera; que me obliga a virar a la casa para recoger una cosa inútil que olvidé y que no disparará un chícharo en todo el día, ni siquiera por la consideración de que viré a buscarla; que me hace tropezar cuando estoy limpiando o caminando; que me cae en la cabeza o me pilla los dedos. Cosas en las que gasto dinero que después no tengo para comprar otras cosas.

Las pertenencias de una familia inuit se recogen todas en un trineo, y si hay que salir a escape, ni trineo, solo los perros, las personas de la familia y los abrigos. Punto. Los tuaregs igual, toda una familia tuareg puede empaquetar su vida sobre un camello. Los celtas recogían su vida en dos fardos, si había que abandonarlos, pues, lo más importante eran los adornos, las armas y un caldero. Todo sin la esclavitud de las condenadas cosas.

“Me tengo que comprar otro par de zapatos ¿crees que unas botas tejanas blancas me quedarían bien?”; “Este móvil no tiene bluetooth, tengo que comprarme otro”; “Hay que cambiar la batidora”, “Hay que comprar… tengo que comprar… si no compro…” ¿SI NO COMPRAS QUÉ??? ¿TE MUERES? ¿TE BOTAN DE LA ESCUELA? ¿TE SACAN DEL TRABAJO? ¿TE DEJA TU PAREJA? ¿TE ENFERMAS DE CÁNCER?

Si desaparece la especie humana, y dentro de muchos siglos vienen visitantes alienígenas, podrán estudiar nuestra civilización por las ingentes cantidades de basura que hemos dejado. Cada pareja con la que terminamos deja nuestra casa repleta de sus rastros y nos metemos un siglo antes de poder traer a nadie más sin correr el riesgo de que de pronto, de abajo de una cama, aparezca un calzoncillo del ex. De cada lugar de donde nos vamos, a donde llegamos con una mochila de nada, nos vamos con dos mochilas, una caja y un maletín… y tenemos que volver a por más. Cada vez que vamos a un lugar, cargamos con tanto que no disfrutamos el viaje controlando los cerros de bultos, el camión con vikingo de porquería que tenemos que cargar para creernos que vamos seguros, que todo está bajo control.

Siempre las cosas, cosas rotas, cosa nuevas, cosas viejas, cosas inútiles, cosas usables y desechables, cosas que nos duran un suspiro como juguetes y enseguida dejamos en un rincón para coger otras cosas. Cosas que enseñamos “mira mi cafetera nueva”; “te gustan mis zapatos?”, “este móvil es lo último!”… que envidiamos… que pedimos, compramos, prestamos… Condenadas cosas!